Algo de mí en ti. ¿Qué es el fantasma según el psicoanálisis?

Una pregunta frecuente de nuestros días es el porqué del aumento de casos de divorcio y separación. Pero, previo a esto el psicoanálisis siempre se ha preguntado: ¿Qué hace que un hombre y una mujer se elijan para constituir un vínculo? ¿Será por motivos que obedecen a la conciencia? ¡Entérate aquí!

Algo de mí en ti. ¿Qué es el fantasma según el psicoanálisis?
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Nadie elige porque sí a quien elige

En las relaciones humanas se juega de manera actualizada la repetición de las múltiples condiciones vinculares de las que cada persona proviene. Independientemente de la forma escénica que tome, suele ser el malestar el que provee a la consulta psicoanalítica, y el malestar en general se juega en relación a un otro, a un partenaire. La consideración, pues, del otro del vínculo hace a una pregunta fundamental para el psicoanálisis: ¿Por qué nos elegimos las personas?

Nadie elige porque sí a quien elige. Las personas nos relacionamos unos con otros respecto de lo que Freud denominó condiciones del amor, que son muy específicas en cada persona, configurando una serie de "patrones" que determinan con quién nos relacionamos.

Estas condiciones se encuentran estructuralmente asentadas en nuestras constituciones, es decir que son, para nosotros, constitutivas. Muchas veces no las vemos, pero forman parte de lo que en un sentido "esencial", si se puede plantear esta dimensión en lo humano, somos.

Algo de mí en ti

Cuando decimos que todo vínculo conlleva una dimensión proyectiva, establecemos esto: el "enganche" entre un hombre y una mujer se produce en el encuentro entre dos "zócalos inconscientes". Eso que yo desconozco de mí, lo reencuentro en tí, y viceversa.

Hay un sinnúmero de canciones populares que hablan acerca de esto, pero hay dos que son particularmente ilustrativas: una, de los TNT señala que "Tú tienes eso, eso, eso que me tiene preso"... y otra, de Tan Biónica, señala de manera elocuente: "Algo habré perdido que ando tan comprometido en buscar adentro tuyo algo que está dentro mío".

Estas canciones condensan de una manera poética la siguiente verdad psicoanalítica:  las condiciones del amor que uno exige y ofrece en un vínculo se remiten a la historia de la cual uno proviene y atienden a la forma en que el amor le ha sido dado, y a la manera como uno siente que lo ha recibido.

Gran parte de todo esto transcurre, por supuesto, en un sentido inconsciente, puesto que yo no sé -en el sentido de la razón- cómo me han amado, pero sí lo siento...y cuando lo siento, lo siento en relación con otro.

El amor es ciego

Cuando las personas nos elegimos para configurar un vínculo, lo hacemos en relación a lo que negamos de nosotros. Es por eso que te elijo, por el pathos, por lo extraño, por lo que yo no sé de mí. Por lo que desconozco, lo que niego, por lo que vacila o anda mal en mí.

No nos elegimos por las condiciones que se explicitan en nuestra racionalidad o en nuestros ideales. Sí, están presentes también, pero el modo de la elección es absolutamente irracional, inconsciente.

¿Qué es el fantasma, entonces? Una relación estructural de vínculos primarios que hace a ciertos núcleos (algunos más sanos, otros más patológicos) por los cuales las personas nos elegimos. -Yo elijo al otro en relación a mi fantasma quiere decir que el fantasma de ese alguien tiene vinculaciones discursivas afines a las mías, que la historia en relación a lo que Lacan llama "significantes" (como por ejemplo: el abandono, la distancia, la soledad, la curiosidad, la inteligencia) “hace lazo” entre nosotros dos.

La transferencia, la suposición de saber y el desencuentro estructural

Esta elección inconsciente respecto de una historia común presenta asimismo una complicación adicional. Se implica en relación a un saber que yo le supongo al otro sobre mi dificultad. Esto significa que en la dinámica del vínculo se juega una suerte de "acuerdo tácito" según el cual, al elegir al otro, yo le estoy de algún modo "pidiendo" que me ayude a resolver mi dificultad, la cual yo he identificado inconscientemente en el otro como una dificultad similar a la mía.

En otras palabras: el sujeto se relaciona con el otro basado en la siguiente presunción: - Seguramente tú, que tienes noción de mi problema porque a ti también te pasa, estarás capacitado para resolver mi problema. Muchas veces en las neurosis el dilema se plantea de la siguiente manera: para dar prueba de su "verdadero amor", el otro ha de resolver la dificultad propia... Y el desencuentro se produce en el mismo instante ¡en que el otro espera exactamente lo mismo de mí! La misma expectativa y el mismo desengaño/frustración parecieran ser los que nos unen...y nos separan.

Muchas veces, presos del rencor y el arrepentimiento caemos en la ilusión de que "él/ella antes no era así". En realidad no sólo que siempre fue así, sino que por eso (que hoy encuentro desagradable e insoportable del otro) es por lo que lo/la he elegido.

Lo que ocurre con frecuencia es que, por distintos motivos, uno con el paso del tiempo modifica la relación que tiene con distintos aspectos de su persona. Como bien dijo Heráclito: "no puedo ir dos veces al mismo río, porque ni yo ni el río somos los mismos..." Esto se ve de manera muy interesante en la trilogía "Antes del amanecer / anochecer / atardecer", en la cual se retratan de manera magistral los distintos momentos de un vínculo a lo largo de la vida de los partenaires.

El tráfico de la culpa

A las personas nos cuesta darnos cuenta de lo propio en el otro que hace a nuestro "enganche" con esa persona. Suele ser en los malos momentos de la vida, que es como si tendiéramos a enajenarnos, a creer que el semejante no tiene nada que ver con uno. Entre tantísimos ejemplos, podríamos citar el típico caso de ese niño cuyos padres, cuando reprueba en la escuela, lo sancionan o comete una falta, deja de ser -"nuestro hijo" (hijo de ambos) para pasar a ser "-tu hijo", es decir, de uno o de otro según en quien recaiga aleatoriamente la culpa por haberlo criado así...

En el análisis de los vínculos, esto se advierte con suma frecuencia: los pacientes emiten juicios, quejas, reclamos -"lo que pasa es que él tal cosa, tal cosa y tal cosa”, “pero ella tal cosa, tal cosa y tal cosa”. Así, frente al irresoluble desencuentro entre hombres y mujeres, como dice Freud "los argumentos florecen como la zarzamora".

Las personas culpamos al destino, a la mala suerte y nos dedicamos infantilmente a repartir culpas, descargando proyectivamente en los otros nuestra frustración y malestar porque las cosas no nos salen como -creemos que- queremos. El comercio de la culpa deviene así interminable y particularmente inconducente. En efecto, a lo único que esto conduce es a que cada persona se enajene un poco más de de su propia verdad inconsciente.

Lacan decía de manera muy precisa que "los sentimientos son siempre recíprocos". Es decir que es por lo parecido que nos elegimos las personas. Desde el psicoanálisis siempre supimos la veracidad del refrán: "Dime con quien andas y te diré quien eres". En otras palabras: si una persona elige, necesariamente tiene algo que ver con eso que elige.

Somos mucho más que dos

El pathos es una condición de humanidad que está presente en la vida de todas las personas. Todos tenemos historia. En el encuentro entre dos personas, como dice el célebre poema de Benedetti, "Somos mucho más que dos". Allí se produce, para decirlo en términos estrictos, un encuentro entre vínculos: Los múltiples vínculos de los que provengo yo, los múltiples vínculos de los que provienes tú...

Cuando el sujeto se excusa en el otro, se enoja o sufre, en general se pierde a sí mismo. Cuando, proyectivamente, el reproche o el perseguidor se ubican  afuera, en el otro (ej: "ella es mala/celosa/infiel/demandante/resongona") el sujeto pierde la ocasión de conocer por qué le pasa lo que le pasa, por qué siente como siente, por qué sufre como sufre.

Cuando la mar es dura, cuando las cosas no funcionan, o bien establecemos juntos una pregunta respecto de lo que falta, o bien nos necesitamos para el reproche, la queja y la acusación mutua. Si con la pregunta construimos un límite, tendremos un proyecto, un norte, un rumbo juntos...podremos madurar, crecer, cambiar y el vínculo superará las tormentas para permitir nuestra evolución. De lo contrario, tendremos lo mismo, haremos lo mismo: la extinción de nuestros sueños y muy probablemente...del vínculo.

La responsabilidad subjetiva (no moral) de un vínculo está en el hecho decidido de que cada uno de los partenaires se pueda tener en cuenta de este modo. Pues si no, lo que suele ocurrir con suma frecuencia es que uno de los dos pase a ser el referente idealizado de la vida y el otro carga con todos los significantes negativos, por más que estos lugares se alternen.

Del reclamo y la queja...a la responsabilidad

Lo que quiero dejar claro es que en toda relación humana, y esto se puede trasladar al ámbito social, político, deportivo, no es posible construir algo sano, consistente desde el reclamo solamente. Uno tiene que hacer algo más por el otro y también por si mismo, porque en el fondo no hay una diferencia: lo que yo hago por el vínculo, lo hago  porque a mí me enriquece, me hace feliz, me ayuda a crecer.

No me refiero a las conductas abnegadas, altruistas y hasta sacrificiales que enseña el espíritu romántico, las cuales sólo parecen hacerse para que uno más tarde lleve la cuenta y le reclame al otro, como si fuera su enemigo -¿Cuándo vas a hacer algo por mí? o ¡Mira lo que me haces...después de todo lo que he hecho por ti!.

Lo que uno debe hacer tiene que ver "con" el otro, pero no ha de ser "por" el otro estrictamente. Cada uno tiene que hacer algo por sí mismo en relación con el vínculo, si quiere sacar su vida adelante, es decir: preguntarse y querer saber por qué motivo han llegado a una encrucijada que aparenta ser irresoluble. 

Sólamente allí -confrontándose consigo mismos- podrán, juntos, salir adelante y será el devenir de cada uno algo más que una triste repetición de lo que nunca ha sido y jamás será.

Por Guillermo Miatello. Director y docente de la Academia de Psicoanálisis de Madrid SL.

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