¿Cómo se ama en la psicosis?

Freud afirmaba que las "neurosis narcisistas" o psicosis eran inmunes al análisis. Con el avance de la investigación psicoanalítica y con el foco puesto en los singulares tiempos que corren, nos enteramos de que los psicoanalistas tenemos mucho para aprender de la psicosis, y mucho por aportarle...

¿Cómo se ama en la psicosis?
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El célebre experimento de J. Olds

Para ilustrar la opinión prevalente en el campo psicoanalítico acerca del nexo entre el placer y el amor, cabe mencionar el famoso experimento de J. Olds. Éste consiste en implantarle a unas ratas unos electrodos en el encéfalo, logrando con ello que cada vez que el animal presione una pequeña palanca, se produzca una secreción intensa de dopamina, un poderoso estimulante que interviene en el centro del hipotálamo.

Lo sorprendente del asunto es que, libradas a este experimento, las ratas pueden "drogarse" con sus propias morfinas, entregándose al "placer" hasta el punto de abandonar cualquier otra rutina, aunque ésta se encuentre ligada a la satisfacción de sus necesidades más urgentes. Entregada a este circuito, la rata no come, no bebe, no hace nada más que presionar la palanquita hasta que muere.

¿Qué nos revela el experimento acerca de la psiquis?

En el transcurso del Siglo XX se hizo muy popular el uso el Haloperidol en el tratamiento de las psicosis. El Haloperidol tenía como acción principal el bloqueo de los centros de dopamina que, como sabemos, es el neurotransmisor encargado del placer, del goce.

De alguna manera, los psicoanalistas ya habían anticipado que la psicosis se asociaba a una suerte de "exceso de placer", promovida por una falla en la interdicción del goce. Para expresarlo en términos freudianos, una demora o deficiencia en el pasaje de la pulsión sexual (libido) del principio del placer al principio de realidad suele generar una predisposición a neurosis más o menos graves.

El exceso de goce nos conduce a la locura. Hay algo que no se inscribe adecuadamente en lo simbólico (el Significante Nombre del Padre, dirá Lacan) y todo ese goce no simbolizado "retorna" ya no como reprimido, en síntomas obsesivos o histéricos, sino desde lo real, bajo la forma de los fenómenos elementales, la disociación esquizofrénica o el delirio paranoico.

El sentido en la locura

El psicoanálisis, desde sus orígenes, desestimó la tesis de la psicosis como enfermedad orgánica y pasó a poner el foco en la historia infantil, en el sentido que se esconde tras el supuesto sinsentido. Desde esta perspectiva, aún los síntomas más disparatados lo son sólo en apariencia, y el síntoma del sujeto tiene mucho de subjetivo y mucha construcción simbólica.

Aunque sea cierto que en cierta medida somos "un manojo de genes", si se alucina con un olor ¿por qué ese y no otro? Si se alucina con un ventilador que insulta ¿por qué esa percepción y no otra? La postura del psicoanalista se acerca a la búsqueda de un saber no conocido, menciono, práctica que se acerca a la evocada por el poeta Antonio Machado.

Hay dos modos de conciencia:
una es luz, y otra, paciencia.
Una estriba en alumbrar
un poquito el hondo mar;
otra, en hacer penitencia
con caña o red, y esperar
el pez, como pescador.
Dime tú: ¿Cuál es mejor?
¿Conciencia de visionario
que mira en el hondo acuario
peces vivos,
fugitivos,
que no se pueden pescar,
o esa maldita faena
de ir arrojando a la arena,
muertos, los peces del mar?

El intento de restablecimiento

Por supuesto que existen formas mucho más discretas de estar "loco" que no se corresponden con la sintomatología clásica de la psicosis. Este tema, denominado como "psicosis ordinarias o no-desencadenadas" amerita otro espacio para su desarrollo.

En cualquier caso, algo que nos enseña Freud y que luego retoma Lacan, es que el fenómeno alucinatorio o el delirio persecutorio son intentos por reconstituir un mundo interno dañado. En este sentido, lo que la psiquiatría clásica entendía como "percepción sin objeto" no es sino un significante materno o paterno, una "alusión" o como dicen los colegas más técnicos, una "metonimia".

Esta alusión funciona como una prótesis que sostiene al sujeto cuando la función paterna falla en lo simbólico y su mundo interno está amenazado de desintegración. En otras palabras, esta suerte de prótesis viene a sustituir funciones simbólicas que no están, que en su momento fallaron o fueron "forcluidas".

El amor en la psicosis

Y ahora vamos de una vez al tema central de nuestro artículo: ¿Cómo es el amor en la psicosis? ¿Cómo ama quien cuyo pasado le regresa persiguiéndole, asediándole? Freud decía que en las «neurosis narcisistas» el sujeto se ama a sí mismo en el otro.

Para decirlo de otra manera, se sustituye al otro por una imagen idealizada de sí mismo. Se ama al "ideal del yo", ubicado proyectivamente en el partenaire. Lacan, por su parte, decía que el amor era posible en la psicosis, pero se trata de un amor particular en el cual no pareciera haber lugar para la alteridad.

Desde esta perspectiva, para que un otro se constituya como tal (me refiero al otro que tengo enfrente, al partenaire), como digno de mi amor y de mi voluntad de ser amado por ese otro, tiene que recaer sobre él, de manera transferida, la libido originalmente adherida a un objeto primario que ha sido perdido, en el sentido de reprimido, por cuanto ha operado sobre mi relación con este objeto primario la Ley Universal de Prohibición del Incesto. Tal es el motivo por el cual Freud llegó a conjeturar que el psicoanálisis era impracticable en las psicosis. 

El narcisismo secundario

Freud decía que los paranoicos "aman el delirio como a sí mismos". En caso un caso que atendí, una muchacha joven no salía de su casa por ser tan hermosa que todas las miradas se posaban sobre ella y cualquiera la envidiaría. Asimismo, sus relaciones (imaginadas) tendían a ser con famosos y celebridades tan inalcanzables como supuestamente era ella. En el artículo referido a la erotomanía, este tema se trabaja en detalle...

¿Pero no somos todos, en cierta medida un poco "delirantes" cuando amamos? No soñamos despiertos y caminamos "por las nubes" imaginando estar en un mundo que no es el real, en el que nada falta, en el que nada falla, en el que encontramos ese "sentimiento oceánico" que Freud definía como el restablecimiento del narcisismo irrestricto de nuestra primera infancia?

No hay dos sin tres, o la importancia de la falta

Sí, es cierto. Ahora bien: la diferencia está en qué tanto nos "despegamos del piso". El amor deviene erotomanía cuando la falla en la función paterna (ese tercer agente que es necesario que esté presente en cualquier vínculo interhumano) propone el exceso de una relación desmedida, simbiótica que repite el vínculo primario en donde el niño es uno con el todo (representado por la madre). Pero, como bien dice Lacan: dos no pueden ser uno. Y si no hay un tercero que divida, hay un "sí mismo ensimismado". Se olvida el sexo, se pierde el lazo con el mundo.

Aunque suele tener mala prensa, la falta es aquello que instituye a cada ser hablante a una búsqueda permanente guiada por lo perdido. Es ese impulso lo que nos encamina a lo humano y su padecer, tal como se encuentra reflejado en el mito de Adán y Eva, expulsados del paraíso obligados a amar con pena y parir con dolor.

Pues bien, en la psicosis pareciera que este límite no está. No se pierde el paraíso, no se sabe sobre el sexo y la pérdida implicada en la diferencia, sino que se aspira ciegamente a la recuperación de un "Todo mítico" en el que nada falta, en el que no hay diferencia entre los sexos y el otro viene a ocupar el lugar de un delirio, de aquello que satisfaga alucinatoriamente un deseo por la vía más corta, sin atender al principio de realidad.

Por Aribeth San Martín, docente de la Academia de Psicoanálisis Madrid SL.

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