Crianza de un narcisista

El narcisismo es una formación estructurante, necesaria para la constitución del psiquismo. Freud descubre que todas las personas, antes de amar, somos amados. Ahora bien, existen ciertos excesos que resultan perjudiciales para el sujeto y la sociedad. ¿Quieres saber más? ¡Lee este artículo!

Crianza de un narcisista
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*Nota: Con el fin de salvaguardar la confidencialidad de los protagonistas en cuestión, he procurado modificar una serie de datos de la persona y las situaciones incluidas en este relato.

Introducción

Presento a continuación, algunas observaciones basadas en el caso de un joven de 27 años llamado Manuel, quien vive en la ciudad de Santa Tecla en el Departamento de La Libertad en El Salvador.

Hasta el momento de conocer su caso, mi conocimiento sobre las pautas de crianza y su influencia en la formación de personalidades narcisistas era más bien teórico. El caso me atrajo desde el inicio al observar los comportamientos de sus criadores y del entonces niño de 2 años.

Al vivir muy cerca de la familia de origen, he podido seguir su caso a lo largo de más de 20 años observando su infancia, pubertad, adolescencia y adultez.

En muchas ocasiones ofrecí consejo u sugerencias a la familia pero, devotos evangélicos como se definen, optaron siempre por la oración y cualquier otra forma de intervención era descartada.

A continuación, ofrezco un breve resumen de estas observaciones.

Desarrollo

Manuel, ahora un joven adulto de 27 años, que oscila de crisis en crisis, sin empleo fijo, con una hija de 5 años, producto de una relación no formal de corta duración con una joven de su barrio.

Pero Manuel podría tener empleo fijo, podría haber tratado de mantener la relación con la madre de su hija y evitaría muchas de sus crisis emocionales y económicas, si no fuera por los obstáculos que él mismo genera:

  • Afirma que no quiere tener “jefes”, que él saldrá adelante por sí mismo. No acepta emplearse y cuando lo ha hecho, no ha durado más de tres meses en un lugar.
  • Afirma que formará algún negocio con el que tendrá éxito, a pesar de que, en repetidas ocasiones, ha demostrado que no tiene habilidades comerciales.
  • En sus relaciones sentimentales, no logra mantenerse fiel a una pareja, siempre está buscando nuevas opciones.
  • A pesar de no aceptar la posibilidad de tener un jefe, no logra funcionar independientemente y con frecuencia recurre a familiares y a su madre por apoyo, vivienda, alimentación, artículos de cuidado personal, etc.
  • Para sus proyectos, generalmente recurre a su madre quien ha tratado de ayudarle por largo tiempo, y cuando se rehúsa, provoca la cólera de Manuel con llamadas en que reclama e insulta, tratando de manipularla con argumentos de falta de amor hacia él.

La situación familiar original

Yo he tenido conocimiento del caso de Manuel por ser conocido de su familia y he tenido la oportunidad de observarlos desde que él tenía unos dos años de edad, pues vivíamos a unas casas de distancia dentro del mismo pasaje de su colonia.

Manuel era producto de la segunda hija de la familia, una joven de 19 años a quien había engañado un tipo que se dedicaba al comercio informal y que, en realidad, tenía varias mujeres con quienes tenía relaciones adicionales. La madre de Manuel, al darse cuenta del engaño, ya estaba embarazada y se quedó con su familia. Su embarazo era el primero en su familia, donde estaban otras tres hermanas y un hermano.

La madre de Manuel recibió el rechazo y el maltrato de su familia, todos, sin excepción, la golpearon o insultaron reclamándole por su comportamiento inmoral. La familia pertenecía a la iglesia evangélica y se preciaban de ser muy seguidores de las enseñanzas de dios.

Sin embargo, la actitud hacia el bebé que venía se convirtió con el tiempo en algo qué celebrar. Al saber que sería un varón, un interesante patrón de pensamiento se activó en la abuela. Resulta que sólo dos de las hijas, las menores, eran legítimas de su esposo. Los otros tres, incluyendo la mamá de Manuel, eran de otros padres. Su esposo los había aceptado y se había hecho cargo de su manutención como miembros de la familia.

Me he referido a un “curioso patrón de pensamiento”, según entendí, la abuela se alegró mucho al saber que era un varón, parecía que lo relacionaba a “no haber podido darle un varón a su esposo” y esta idea fue tomando cada vez más predominancia en su mente.

Cuando Manuel finalmente nació, la familia celebró aunque siguieron tratando mal a la madre, con desprecio y demandando “reparaciones” en el sentido de hacer más tareas domésticas en casa, pasarles buena parte de su salario a sus padres, hacerse cargo de surtir la casa (de lo que todos los demás se aprovechaban) y otras maneras de “hacerla pagar” por haber humillado a la familia.

La abuela monopolizó en buena parte el cuidado del bebé, los hermanos le hacían ver a la madre que se equivocaba en cómo atenderlo y todos asumieron un papel protagónico en la crianza del niño por sobre la madre legítima.

El bebé crece como un dios

Los detalles sobre cómo se habían dado las cosas con la madre de Manuel antes y después de su nacimiento, los obtuve directamente de la madre, con quien conversábamos con frecuencia pues me pedía que la escuchara al enterarse de que yo era psicólogo, me pedía apoyo y consejo.

Esto me dio la oportunidad de presenciar algunos eventos sociales como la celebración del primer año de vida de Manuel, un acto con mucha pompa en un local de comida rápida. Inmediatamente me llamó la atención que era la abuela y no la madre, quien sostenía, celebraba y era celebrada a su vez por los asistentes y la familia. Sólo en una ocasión, cuando daban las palabras, no pudieron evitar que la madre de Manuel estuviera al frente.

El niño se volvió “propiedad” de la familia al principio, pero luego los papeles comenzaron a cambiar.

En las visitas que hacía a la casa de mis vecinos, me impresionó el comportamiento que vi en todos ellos y en el niño en particular. Parecía que el niño tenía toda la atención de los habitantes de la casa. Si señalaba algo, inmediatamente se movía alguno de ellos para dárselo. Habían aprendido sus gestos y sonidos previos al habla, con los que manifestaba sus deseos y estados de ánimo.

El abuelo no jugaba una parte significativa en estas relaciones, trabajaba fuera de casa y sólo interactuaba con el niño cuando volvía por las noches. Durante el día, el niño estaba rodeado de una corte de “sirvientes” encargados de concederle cada deseo.

Recuerdo una ocasión en que el niño, que ya podía pronunciar sus primeras palabras, dijo que quería una “coca” y mi susto fue en la manera en que reaccionaron la abuela y las dos hermanas menores: dijeron en voz alta “el niño quiere una coca”, “anda a comprársela, rápido”, mientras la abuela se cercaba, lo cargaba y lo consolaba por “algo” que causaba incomodidad y casi se diría “dolor” al pequeñín. Toda la escena era como ver a un dios miniatura que causaba angustia en sus servidores que corrían para complacerlo.

Esta fue la característica más sobresaliente en los años de infancia de Manuel.

Un tirano en crecimiento

Manuel creció como un niño consentido al que siempre se le hacía sentir que tenía razón y que cuando hacía algún berrinche, en lugar de comportamientos de educación en pautas más aceptables, recibía el consuelo de su abuela y tías haciéndole sentir como que era él quien tenía la razón y los demás estaban equivocados.

Sin embargo, contrario a lo que se esperaba de parte de sus criadores, Manuel creció incapaz de mantenerse en situaciones que demandaran un esfuerzo de su parte, en las que debía aceptar ser uno más del grupo, en la que se le contradijera, en las que tuviera que aceptar a alguien que le diera órdenes e instrucciones, donde no le aceptaran errores y le pidieran que los aceptara y corrigiera.

Manuel se comportaba con inestabilidad, siempre como que buscara algo que le proporcionara algún alivio de cierta desesperación y vacío en él. Llegaron las drogas y el alcohol, se metió en problemas en el colegio cuando lo sorprendieron queriendo vender drogas. Manuel quería, necesitaba, resultados rápidos, no soportaba que lo hicieran esperar y se relacionaba con los demás como peones a utilizar para lograr lo que quería.

Agrede apasionadamente cuando pierde apoyo para lograr algo que desea intensamente, mantiene la idea de que es una persona independiente que no necesita sentirse atado a un trabajo ni a un jefe. Desvaloriza los argumentos que puedan contradecir sus deseos y se siente siempre en la razón. Manuel parece sentirse fuera de lugar en un mundo que ha dejado de satisfacer sus deseos y necesidades, lo que lo hace estar siempre en guardia, pendiente, probando quién le brinda apoyo, quedándose el tiempo en que este apoyo se materializa y retirándose cuando deja de contar con él.

La madre de Manuel pudo establecerse fuera de la casa familiar en una relación estable de la que tuvo otros dos hijos. Se llevó a Manuel a vivir con ella y su pareja cuando éste tenía 10 años, donde procuró criarlo como a sus otros hijos, con privilegios más razonables, compartidos y observando pautas de educación no exclusivas para ninguno de los hijos, donde se practicaba un respeto a los padres y la figura paterna era presente y efectiva.

La pubertad y adolescencia con Manuel fueron tormentosas, llenas de conflictos dentro del grupo familiar, con sus medio hermanos y especialmente contra la figura paterna de autoridad del esposo de su madre.

Lo tuvieron que cambiar de colegios por su rebeldía, poco interés por estudiar y otros problemas. Finalmente no se graduó de bachiller sino hasta años después que, ya fuera de la casa de su madre, asistió a la escuela nocturna con otros adultos.

Llegó a tener violencia física con su madre y el esposo de ésta, también con sus hermanos. Volvió a casa de su abuela buscando refugio, sin empleo y sin recursos. Lo recibieron pero las dificultades surgieron casi inmediatamente ante su falta de colaboración, llegadas tardías en la madrugada pasado de copas, frecuentes discusiones con sus tías. Intentó vivir solo repetidas ocasiones pero no administraba su dinero apropiadamente y no lograba pagar el alquiler más allá del primer mes.

Actualmente, con algunos de los contactos nuevos que ha logrado hacer, intenta dar forma a algún negocio fijo en un local en los alrededores de la casa donde creció. Los que lo conocen, esperan su siguiente paso y el siguiente problema.

Conclusiones

Tener la oportunidad de conocer de cerca el caso de Manuel, me permitió comprender, en un caso que podría clasificar como de libro de texto, cómo, desde una temprana edad, pueden sembrarse las bases de una personalidad disfuncional de tipo narcisista.

La ausencia efectiva de una figura paterna que lo guiara a integrarse a las costumbres y normas socialmente aceptadas contra un esquema adentro del cual, era él quien las establecía.

La permanencia del sentimiento de omnipotencia promovida por las personas que controlaron su crianza, lo convirtió en un individuo socialmente torpe  en su adaptación y establecimiento de relaciones saludables con otros seres humanos.

Manuel se nos presenta como un niño profundamente resentido por la pérdida de control sobre su ambiente y en el cual, al querer hacer efectivas sus tácticas egoístas y egocentristas, le acarrea el rechazo incluso en el hogar donde fue criado.

Manuel proyecta la imagen de un hombre que está permanentemente en movimiento, pero un movimiento compulsivo, buscando apoyos, recursos, de forma inmediata, incapaz de controlarse, recurriendo con frecuencia al alcohol y drogas menores que le permiten “aliviar” su sentimiento interno de desesperación.

Nunca ha aceptado tener problemas ni acepta sugerencias de buscar algún tipo de ayuda profesional. Participa en un grupo particular de hombres que buscan mantenerse alejados del alcohol y drogas.  Se unió por presión de un amigo y asiste ocasionalmente pues ha obtenido contactos para trabajos y negocios varios que le significan pequeñas entradas de dinero.

A pesar de que no logra cubrir todas las necesidades de su hija de 5 años, sigue buscando otras relaciones en las que el riesgo de embarazar a otra mujer sigue siendo alto.

Manuel careció de una figura de autoridad con la que se pudiera identificar y resolver su Edipo con éxito. Cualquier figura masculina con autoridad es rechazada inmediatamente, pienso que por considerarla una amenaza a su control absoluto sobre las mujeres y su ambiente. La imagen femenina se le presentó siempre como alguien a su servicio, que “debía” satisfacerlo y ayudarlo siempre.

Autor: Fernando Figueroa. Psicólogo. Alumno de la Academia de Psicoanálisis Madrid SL

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