El amor según el psicoanálisis

El amor es un concepto complejo, que reúne una serie de experiencias infantiles que perdurarán con gran fuerza a lo largo de nuestra vida adulta. Lejos de la tradicional concepción romántica, los psicoanalistas sabemos muy bien eso de que "hay amores que matan". ¿Quieres saber más? ¡Haz clic!

El amor según el psicoanálisis
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Una estructura fundamental

El amor es una relación vincular primaria, inaugural, que nos hace seres hablantes. Una persona está hecha como el amor se lo indica. Las condiciones que el amor impone, estructuran la subjetividad. La conciencia, el inconsciente, las identificaciones… todos los aspectos implicados en nuestra subjetividad se constituyen en el seno de nuestros vínculos primarios.

¿Cómo los padres le hablaron al hijo, cómo lo nombraron, lo tocaron, lo miraron? Cada respuesta es un hecho singular, corresponde al orden del sujeto, hace a su propia historia y lo que el concepto freudiano de pulsión revela es que en dicho proceso siempre hay un quantum de afecto excesivo, no elaborado....

El amor implica también una relación vertical porque está promovida por un adulto en relación con un niño que, dicho sea de paso, se encuentra en situación de desamparo y desvalimiento. Para el niño, todo cuanto ocurre en el encuentro con la pareja parental, proviene de lo que Lacan llama "el gran Otro".

No se trata de otro semejante, de la alteridad: este Otro se presenta para el niño como un reservorio de identificaciones primarias y como el "tesoro de los significantes" (Lacan). Es una alteridad de un orden radicalmente diferente que, a priori, sabría "lo que quieren decir las palabras". Algo cercano a lo que hoy, como adultos, designamos bajo el concepto de "Dios".

Tal es la primera experiencia del amor y el modo en que el amor es introducido en el psiquismo del ser hablante. Cuando Lacan retoma de Rimbaud la célebre sentencia "Yo es otro", lo hace precisamente por esto: tal como lo podemos constatar en el caso del nombre propio, aquello que sentimos como más "propio" es el Otro de nuestra historia quien lo decide...

El yo se constituye en base a la internalización de una relación paradojal,  en la que es el Otro de la historia singular de cada uno el que decidirá -aunque no lo haga de manera consciente- por uno y para uno: un lugar dentro de la trama familiar, los primeros significantes, un destino, y tantas otras cosas...

El narcisismo primario

La condición de humanidad incluye, en la base de su estructura, eso "inobjetable" del amor materno. La madre es, en términos de la estructura subjetiva, una palabra que nos acompaña hasta el final, una palabra cierta. Como reza el viejo adagio romano: Mater certa est, Pater incertus est.  

Freud señaló en Introducción del narcisismo que el yo no nos acompaña desde el origen de la vida. Si yo en tanto sujeto puedo decir “Yo soy” es porque antes –lógicamente, aunque de manera impícita- digo: - “Mi madre me ama”. En otras palabras, lo inobjetable del amor tiene una función-base que es, ni más ni menos, que la introducción del lenguaje en el psiquismo.

El amor -entendido en términos del narcisismo primario- es, pues, un vínculo necesario, estructural y fundante por el cual todos transitamos en un momento de nuestra vida. "His majesty the baby" llamaba Freud a esta experiencia infantil, narcisista del amor que nos ubica "en el centro de la escena", como protagonistas ante la mirada de los otros.

Esta fase primaria implica un primer momento de "comunión con el todo" que, dedicado a atemperar la desolación por la pérdida de la vida intrauterina, tiende a ubicar de manera mágica, todo lo bueno dentro y todo lo malo fuera. 

Así es como -en el "reencuentro" con su madre que se produce durante la lactancia- se constituye, a nivel de lo anímico, una primera diferenciación yo-no yo. La madre es, aún, una parte más del propio cuerpo del niño que él debe aprender a dominar.

La castración

Hay un segundo momento en el cual el niño se reconoce como una persona diferente a su madre y aprende que las acciones de ella no son enteramente dependientes de él. Así pues, descubre no todo lo bueno está dentro sino que hay cosas allí afuera que le "hacen falta".

Aprenderá, asimismo, que no todo lo malo está afuera sino que también dentro de sí se pueden originar estímulos desagradables, como la tensión producida por la necesidad, la hostilidad o la agresión. De cómo el niño emerja de ese "mal lugar" (Oscar Masotta) dependerá la capacidad del sujeto para construir una serie de representaciones adultas en su vida, y de establecer lazos saludables con las personas que constituyan su entorno.

El creador del psicoanálisis advirtió, en este sentido que el Edipo, como "complejo nuclear de las neurosis" regula en la vida adulta la persistencia de los complejos infantiles que nunca se "disuelven" del todo y que acechan bajo la forma de los "cuatro gigantes del alma": la culpa, la rivalidad, la envidia y los celos (Chiozza) sentimientos que, desde las sombras, suelen cumplir un rol protagónico en la insatisfacción neurótica.

Amor y enamoramiento

En la constitución subjetiva, el psicoanalista argentino Luis Chiozza ubica un momento necesario, fundamental, que tiene que ver con la "mutilación" de ese objeto bueno que es la madre y que para el infante formaba parte de su ser, como hemos visto enteriormente.

Durante el proceso de crianza y a partir de la intervención de un nuevo agente -el padre- es esperable que este proceso de  "desgarradura" encuentre una elaboración adecuada que permita que el niño "re-signe" el objeto perdido, otorgándole a esa relación un nuevo signo, como la etimología del término lo indica.

La capacidad para tolerar y moderar los sentimientos penosos y ajustarse a la realidad inevitable de esa pérdida inaugural se ejerce mediante el proceso que denominamos duelo. De ese proceso dependerá, en alguna medida, la posibilidad de encontrar a lo largo de la vida sustituciones que sean satisfactorias.

De no darse adecuadamente este duelo, la necesidad de compensar esa "primera falta" (Chiozza) puede conducir a mecanismos típicos que operan de manera inconsciente y que estarán destinados a manejar la angustia por la separación en circunstancias que recreen el trauma original.

Cada vez que nos encontramos ante esta clase de dificultades, se puede advertir una búsqueda excesiva de protagonismo, una necesidad de estar en el centro de la escena y un interés exacerbado en controlar y dominar los acontecimientos del entorno, así como un temor anticipatorio (que muchas veces se presenta bajo la forma de una fobia) que impide cualquier encuentro amoroso ante la eventualidad de su futuro fracaso.

En su obra El interés en la vida, el citado psicoanalista refiere la importancia de diferenciar el concepto de amor del de "enamoramiento". 

"A diferencia de lo que sucede en el amor, que se teje con las hebras de la realidad, el enamoramiento surge unido a las ilusiones necesarias para evitar el duelo por esa primera falta y conducir con rapidez a un reencuentro con el sentimiento de plenitud que se ha perdido. El enamoramiento, dado que repite la historia del sentimiento de plenitud cuyo colapso dio lugar a la primera falta, conduce de un modo inevitable a la desilusión que surge del contacto con la realidad y tiende a reinstalar la decepción que, para ser superada, exige realizar el duelo que se intentó evitar".

Algunas contradicciones culturales sobre el amor

La pregunta acerca de cómo realizamos las personas un recorrido saludable hacia lo que podríamos considerar una vida adulta constituye para el psicoanálisis un tema fundamental. Muchas veces las personas, orientándonos por ciertas referencias culturales, nos sentimos adultos, inteligentes, competentes, pero afectivamente tenemos algunas cosas que persisten de estas condiciones infantiles del amor.

Tal vez la dificultad de crecer tiene que ver con algunos "cortocircuitos" o contradicciones que operan en este sentido a nivel cultural. Ciertas cosas que están bien consideradas y que suelen presentarse como la máxima expresión de la nobleza y la fidelidad (como por ejemplo, que un hijo se quede en la casa de sus padres toda la vida) pueden engendrar serias consecuencias en el orden de lo subjetivo, lo vincular e incluso en el plano de lo psicosomático.

En el maravilloso film Pranzo di Ferragosto de Gianni Di Gregorio podemos ver muy bien retratada esta realidad. El personaje principal, Gianni, es un adulto mayor que ha dedicado su vida a atender y cuidar a su madre viuda. Su carácter complaciente y afable no puede ocultar el hecho irrevocable de que todo el disfrute de su vida se limita a beber vino blanco mientras vive soltero, desempleado, sin dinero y con síntomas de hipertensión arterial...

¿Una nueva manera de amar?

Es muy frecuente encontrarnos en el dispositivo psicoanalítico con palabras, criterios, prejuicios y valoraciones que el paciente "da por sentados". En innumerables ocasiones, la persona no sólo no encuentra ninguna relación entre su padecimiento y estos argumentos, sino que muy por el contrario, se enorgullece de levantar la bandera de estos valores y hábitos, llegando a constituir para él una suerte de "baluarte".

El diván constituye, en este sentido, un espacio privilegiado para que el sujeto "se acueste con ese saber" y ciertos "núcleos ideológicos" caigan. Sólo de este modo el sujeto, confrontado con lo absurdo de tales argumentos podrá advertir la dimensión resistencial (en el sentido de "funcionales a la represión") que encarnan, y a partir de allí construir nuevas verdades más ajustadas a su deseo y a la realidad actual.

Como creía Nietzsche, muchas veces lo que llamamos nuestras grandes verdades no son sino "errores irrefutables" que nos sostienen en pie a un precio demasiado elevado. Otras muchas veces, nuestras verdades están habitadas por valoraciones inadecuadas, mezquinas que lejos de considerar nuestra vida y bienestar se presentan bajo la forma de una demanda insaciable, superyoica, llegando a constituir para quien las carga sobre sus espaldas, una verdadera condena.

Y si bien es cierto que el amor, desde la perspectiva psicoanalítica tiene mucho que ver con la repetición -y más precisamente con con la repetición compulsiva de un horror o un espanto que muchas veces se ignora- la transferencia se erige como una posibilidad imprevista de hacer algo nuevo con esos viejos hábitos...

Cuando parece que todo cuanto hay por delante -por estar escrito ya- nos sume en la frustración y la desesperanza ante un nuevo fracaso, la genial creación de Freud, el dispositivo psicoanalítico y, su "resorte fundamental" -la transferencia- nos brindan la llave de ese cofre sagrado que cada uno guarda dentro de sí para poder -cada vez- realizar un nuevo intento...


Lic. Guillermo Miatello. Docente y Director de la Academia de Psicoanálisis de Madrid SL.

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