El estrago narcisista del vínculo primario

El vínculo madre-hijo, un idilio atravesado por la prohibición, resulta central no sólo en aras de la subsistencia del infante sino porque provee al cuerpo de éste una primera organización de las pulsiones. Ahora bien: ¿Qué pasa cuando, en nombre del amor, ciertos límites se transgreden? ¡Lee aquí!

El estrago narcisista del vínculo primario
En este artículo encontrarás:

“Dame la mano y danzaremos;
Dame la mano y me amarás.
Como una sola flor seremos, como una flor y nada más…
El mismo verso cantaremos,
al mismo paso bailarás.
Como una espiga ondularemos, como una espiga y nada más.
Te llamas Rosa y yo Esperanza;
Pero tu nombre olvidarás,
Porque seremos una danza
En la colina, y nada más…”

Gabriela Mistral, poetisa chilena, Premio Nobel de Literatura en 1945.

Introducción

El presente trabajo abordará el narcisismo patológico en cuanto a los estragos que genera en las relaciones principalmente con sus seres más cercanos. Específicamente se abordará el caso de una madre narcisista y su hija.
Respecto a los estragos, me situaré principalmente a la segunda tópica planteada por Freud y al amor como estructura relacional y fundante con su carácter, formas y matices de la propia historia individual que dictamina y regula la amenaza primordial de la pérdida, de la que el Superyó será prisionero, analizándolo en su vertiente más tiránica y ligada de manera íntima e inconsciente a la pulsión de muerte y a la repetición.

En este sentido y tal como plantea el psicoanálisis, debemos considerar que, del estrago narcisista, devendrá el escenario de actualización permanente y la repetición de un texto ya escrito, con el que el sujeto se reencontrará una y otra vez a lo largo de su vida, haciendo de esta un intento de elaboración de un trauma primordial.

Una madre narcisista

Presentación del caso: Rosa provenía de una familia de clase media acomodada, hoy de 39 años. Describe su infancia como una etapa compleja que continúa evocándole tristeza, mas no percibiendo aún los estragos de una crianza sometida a las expectativas narcísicas de su madre que caían sobre su Yo.

Sus padres se separaron cuando ella era aún muy pequeña. Refiere haber tenido una figura materna fuerte, poderosa y un padre siempre silente y temeroso de las amenazas, arrebatos y menosprecio de la madre de su única hija, con quien pasaba, desde la separación matrimonial, todos los fines de semana.

Los días domingo eran, para Rosa, rutinarios: llegaba a la casa materna, la bañera estaba dispuesta y ella preparada para el sermón humillante y aterrador que a modo de parlamento se repetía domingo, tras domingo durante largos años:

“Te estaba esperando con la bañera lista, porque siempre vienes sucia y con pulgas… y como estás enamorada de tu padre no te importa, pese a que él no ha hecho nunca nada por ti, todo me lo debes a mí, aunque me quieras menos
que a tu papá y llegues siempre llorando algún día te darás cuenta del sacrificio que he tenido que hacer por ti, pese a que fue un error haberme metido con tu papá.”

Rosa de tan solo 5 años, esparcía el jabón sobre su diminuto cuerpo, intentando sacar la suciedad indeseada más allá de los pliegues corpóreos, resistiendo las lágrimas, sintiendo sobre sí la mirada de reproche y castigo, por ser esa "traidora maliciosa y despreciable" ante los ojos de su perfecta y sacrificada madre.

Tras cada episodio, Rosa reía intentando agradar, suprimiendo todo gesto de impotencia y dolor: no quería perder el amor de sus progenitores, intentaba no fallar y constantemente se disculpaba, sintiendo el peso de una pesada culpa
incomprendida por ella misma.

Rosa describe a su madre como una mujer que se mostraba fuerte, infalible y como alguien incapaz de admitir
debilidades, imperfecciones o errores en sus actos, ni en su forma ruda de control extremo.

Ante cada fracaso de Rosa la madre repetía: “yo sé porque te digo las cosas… cuando no me haces caso todo te sale mal y yo soy la única que pago el pato… más sabe el viejo, por viejo que por diablo, pero eres terrible, atrevida, porfiada. No olvides que cada cual se busca lo que tiene”.

La etapa adolescente

En la adolescencia, Rosa se caracterizó por mantener tendencias disruptivas. Era la niña floja, desordenada, rebelde y peleadora que se ganaba el rechazo, al tiempo de querer ser vista, saliendo del lugar de objeto despersonificado. Paradojalmente, al tiempo de generar incomodidad en otros, buscaba la aprobación de su madre y la liberación de su culpa inconsciente. Rosa quería ser vista en esa dualidad permanente ligada a los autorreproches inagotables y
a la propia necesidad de castigo. Podría conjeturarse que sus conductas disruptivas constituían la búsqueda de un límite externo así como la sanción y el castigo por su culpa inconsciente.

Rosa hoy es una profesional titulada con distinción máxima. Poseedora de postítulos y estudios en su campo, donde ha logrado un lugar destacado. Reconoce haber "luchado durante años contra los juicios de su madre", así como haber buscado en ella las palabras de aliento y de reconocimiento que nunca llegaron.

Es en parte por esto que se siente culpable, insegura, irresponsable, incapaz, poco merecedora de respeto y de los logros conseguidos, debiendo someterse en cualquier tipo de relación, procurando el castigo del cual se cree merecedora. En esa oscilación ha transcurrido la mayora parte de su vida hasta que decidió comenzar terapia: si la madre la reconocía, se sentía feliz y si la descalificaba, se activaba en ella este complejo de la culpa inconsciente que terminabe por destrozarla.

Análisis del caso

"La compulsión a la repetición es “un proceso incoercible y de origen inconsciente, en virtud del cual el sujeto se sitúa activamente en situaciones penosas, repitiendo así experiencias antiguas, sin recordar el prototipo de ellas, sino al contrario, con la impresión muy viva de que se trata de algo plenamente motivado en lo actual”. (Laplanche/Pontalis)

Para analizar aunque más no sea superficialmente el caso de Rosa, debemos partir comprendiendo qué es la
estructura psíquica y cómo esta se va conformando desde el nacimiento y a lo largo de nuestra vida, particularmente en los primeros años de nuestra infancia. Es importante señalar que Freud plantea que el Yo no está en el origen de
nuestra vida, sino que es un "punto de llegada" por decirlo de algún modo. Esto es, siempre se construye sobre determinados antecedentes y factores histórico-biográficos. 

Diremos entonces que la estructura psíquica es aquello de la propia vida que ya se encuentra escrito y que un sujeto está destinado a repetir de manera permanente, ciego como le ocurrió a Edipo en la célebre tragedia griega. Es en esa historia en que el sujeto se reencuentra con su dimensión de objeto. Esto quiere decir que no hay forma de comprender lo que a una persona le gusta o cómo esta se relaciona, sus obstáculos, enojos, inseguridades o temores, sus dependencias patológicas, etc. sin considerar de dónde el sujeto viene, cómo fue tratado, cómo
fue mirado, cómo fue acariciado, cómo le hablaron, entendiendo que la palabra es portadora de un poder que enferma y que cura.

En el relato de Rosa podemos notar cómo la relación de co-dependencia con su madre la mantiene atrapada en el conflicto psíquico entre el Yo Ideal que se estampa desde su crianza y el Ideal del Yo siempre incompleto y disminuido ante la mirada del Otro, residiendo allí su principal fuente de desengaño, frustración y angustia. La dificultad y el desencuentro con la dimensión simbólica (Ideal del Yo) se transforma en un conflicto real, pues no existen límites a las proyecciones narcisistas de la madre, de las que Rosa parece verse obligada a hacerse cargo mediante un sentimiento de culpa que la regresa de manera permanente a la sumisión y humillación, organizando de alguna manera su propio fracaso e instalando la desconfianza permanente de sí misma.

Rosa reprime sus deseos pulsionales y estrangula ese quantum afectivo, que luego somatiza en dolores constantes de estómago y de cabeza. Si la meta de las pulsiones es la satisfacción, al reprimirlas Rosa se encuentra con la
sensación de insatisfacción su historia le demanda.

Respecto a las dolencias le han realizado distintos exámenes, buscando el lugar de la enfermedad. Fue diagnosticada como bipolar, diagnóstico en el que comenzó a vivir encasillada y muchas veces incluso simulando las crisis a fin de dar sustento real a su condición. El beneficio secundario (yoico) podemos distinguirlo en su relato, ya que una vez establecida la enfermedad se contentó con “ese lugar” de inferioridad y postergación. Cada vez que enfermaba, el control de su vida lo tomaba la madre quien tomaba a su cargo el timón de la vida de la hija, lo que llevó a Rosa a sentir que sus propios hijos no eran de ella sino de su madre, siendo una las dos.

Rosa se sentía asfixiada, incapaz, pero al mismo tiempo podía sentir placer en el displacer (goce) fijando la anulación total de su propia subjetividad. En este sentido Freud propone que existen en el alma ciertas fuerzas que contrarían el
principio del placer y a las cuales quedamos misteriosamente "fijados".

Podemos afirmar que el Yo como “síntesis ilusoria” viene precipitado por una imagen que el sujeto adquiere de sí mismo basándose en el otro y el Ideal del Yo será ese punto de partida del Yo que permanecerá como exigencia formal de perfección. Es allí donde encontramos la introyección de ese Otro externo, ligado en este caso a la autoridad materna y a su particular forma de amar, a la cual el sujeto se somete, alienándose, por temor a perderlo.

En la relación narcisista, suele ocurrir que el Superyó se inscribe bajo una vertiente tiránica, sádica y castigadora, ligada a la pulsión de muerte, insaciable en sus exigencias y ligada a la compulsión de repetición. Rosa busca una y otra vez experiencias penosas y humillantes, siendo la necesidad de castigo -sentimiento inconsciente de culpa- la manifestación más clara de la crueldad del superyó. Se queda fijada en ese modo dramático, adverso y negativo de sentirse, de pensarse a sí misma. El goce que obtiene de ese castigo no es más que la compensación por la culpa, introyectada desde su más tierna infancia.

Conclusiones

Si el primer paso para convivir con la pulsión de muerte es reconocerla, la única forma de hacerlo es la rectificación a posteriori del proceso represivo originario, acontecido en la infancia, pues propone reconciliación con los aspectos más oscuros, difíciles y de los que nada queremos saber acerca de nosotros mismos.

La operación analítica entonces apunta a la curación del alma a través de la transferencia, donde el analizado desplaza y actualiza el conflicto psíquico para luego resignificarlo. Todo el universo emocional se remueve y se resignifica en esa "actualización en transferencia" que Freud llamó "Neurosis de transferencia": un reino intermedio entre la enfermedad y la vida.

¿Qué se transfiere en un análisis? Se transfiere, dirá Freud, la realidad psíquica, lo esencial del conflicto infantil, el deseo inconsciente y las fantasías con él relacionadas, no olvidando que las modalidades de la psicopatología son defensas para sobrevivir cuando las experiencias dolorosas nos sobrepasan y cuando el apronte de angustia se ve doblegado, dando paso al trauma.

El trabajo en análisis genera la posibilidad de este nuevo nacimiento que implica "hacer consciente lo inconsciente", tomando a partir del síntoma una ocasión para vivir, ahora sin dejar que las reminiscencias continúen dormidas, operando desde lo oculto.

Rosa se encuentra en ese proceso, recordando su nombre y resignificando su historia y reconciliándose con ella. Entiende que su madre la ama pero no es su ama. Rosa está borrando de su cuerpo la suciedad introyectada en nombre del amor y con ello está recuperando poco a poco su libertad: poco a poco sus pulsiones de muerte han dado lugar al Eros.

Autora: Carolina Zamudio, alumna de Academia de Psicoanálisis Madrid SL.

 

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