El porqué de la guerra según Freud y Einstein

Durante el siglo XX, en el período de entreguerras, tuvo lugar en Europa un intercambio epistolar entre Freud y Einstein, con la finalidad de intentar esclarecer el misterio de la guerra, un fenómeno tan absurdo como insistente en la historia de la humanidad. ¿Quieres saber más? ¡Lee este artículo!

El porqué de la guerra según Freud y Einstein
En este artículo encontrarás:

“No sé con qué armas se peleará la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras” 

Albert Einstein

¿Por qué la guerra?

¿Por qué la guerra? fue escrito por Freud en el año 1932, en el período de entreguerras del siglo XX. En este artículo, Freud responde a una carta que le había enviado Albert Einstein en el marco de un intercambio epistolar público entre personalidades destacadas de la cultura. Este diálogo, encargado por la Liga de Las Naciones, tenía por finalidad contribuir a esclarecer el espinoso tema de la guerra y contribuir, en la medida de lo posible, a la paz mundial. La carta de Einstein comienza con el siguiente texto:

Estimado profesor Freud: La propuesta de la Liga de las Naciones y de su Instituto Internacional de Cooperación Intelectual en París para que invite a alguien, elegido por mí mismo, a un franco intercambio de ideas sobre cualquier problema que yo desee escoger me brinda una muy grata oportunidad de debatir con usted una cuestión que, tal como están ahora las cosas, parece el más imperioso de todos los problemas que la civilización debe enfrentar. El problema es este: ¿Hay algún camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra?

En la carta que le envía, el insigne físico convoca a Freud en tanto que "explorador de las oscuridades de la voluntad y el sentimiento humanos" a que le ayude a echar luz sobre este fenómeno tan destructivo como complejo: las guerras. Al mismo tiempo, se muestra entusiasta y optimista respecto de la creación de un "cuerpo legislativo y judicial para dirimir cualquier conflicto que surgiere entre las naciones", a cuyas decisiones cada nación se someta, un antecedente claro del lugar que ocupó la ONU a partir de 1945.

Advierte, no obstante, que ésta puede ser una medida insuficiente por cuanto la justicia siempre está subordinada al poder y plantea que sería muy difícil establecer "una organización supranacional competente para emitir veredictos de autoridad incontestable e imponer el acatamiento absoluto a la ejecución de estos". Hoy, a más de sesenta años de que hayan sido escritas estas palabras, podemos comprobar que la creación de tal organismo ha sido insuficiente con miras a preservar la paz mundial.

El porque de la guerra segun Freud

Los obstáculos a la paz mundial

De los obstáculos que impiden el funcionamiento aceitado de una institución semejante, deduce algunos impedimentos de orden psicológico: el irrefrenable afán de poder y la especulación económica de las clases gobernantes. Respecto de la pregunta sobre por qué una minoría gobernante es capaz de conducir a las enormes mayorías a enfrentar los estragos implicados en la guerra, la explica de la siguiente manera:

"Una respuesta evidente a esta pregunta parecería ser que la minoría, la clase dominante hoy, tiene bajo su influencia las escuelas y la prensa, y por lo general también la Iglesia. Esto les permite organizar y gobernar las emociones de las masas, y convertirlas en su instrumento".

Sin embargo, esta respuesta no lo satisface del todo, pues de ella se desprende otro interrogante: "¿Cómo es que estos procedimientos logran despertar en los hombres tan salvaje entusiasmo, hasta llevarlos a sacrificar su vida? Sólo hay una contestación posible: porque el hombre tiene dentro de sí un apetito, una inclinación innata hacia el odio y la destrucción". Es en este punto que Einstein se queda sin más argumentos y decide darle la palabra al padre del psicoanálisis a fin de que lo ayude a indagar en la problemática.

El porqué de la guerra según Freud y EinsteinEl porqué de la guerra según Freud

Lo primero que plantea Freud en relación con la problemática de la guerra es su escepticismo. Situando este tema en el terreno de lo incognoscible, se reconoce incompetente para esclarecerlo. En el abordaje de las patologías anímicas, siempre la posición de Freud ha sido que a mayor comprensión, menor necesidad tienen las pulsiones de manifestarse por vías alternativas, como lo constituye el caso del síntoma en tanto que retorno de lo reprimido.

Desde la perspectiva freudiana, el esclarecimiento provisto por un psicoanálisis -basado en la premisa de "hacer consciente lo inconsciente"- se funda en la idea de "ganar terreno" al síntoma mediante el esclarecimiento -a través de la palabra- de los procesos que desembocaron en él.

Traspolando esta lógica a una dimensión colectiva, es comprensible que Freud plantee que este tema no se encuentra esclarecido. Si lo estuviera, la tragedia de las guerras no se repetiría una y otra vez. Hoy en día, en pleno siglo XXI, estamos contemplando azorados la invasión rusa a Ucrania y, con ella, un nivel de destrucción inimaginable para el nivel de desarrollo y evolución que la humanidad creía haber alcanzado.

El poder y la violencia

Un interesante matiz que introduce Freud en relación con las ideas planteadas por Einstein está relacionado con la distinción entre poder y violencia. El poder parecería encarnar una función de autoridad necesaria para el funcionamiento de todo grupo social, mientras que la violencia es el autoritarismo que se ejerce de manera dogmática, absolutista y a la fuerza, sin tener en cuenta la subjetividad de aquel sobre quién se la ejerce.

Freud deduce a partir de esta consideración, que cierto camino en la historia de la humanidad ha conducido al hombre desde la violencia (de la dominación ejercida por la fuerza bruta o por medio de las armas) al derecho. ¿Y cómo ocurrió esto? 

Pasó a través del hecho de que la mayor fortaleza de uno podía ser compensada por la unión de varios débiles. «Union fait la force». La violencia es quebrantada por la unión, y ahora el poder de estos unidos constituye el derecho en oposición a la violencia del único.

Para decirlo de una manera bastante llana y resumida, cuanto más distribuido se encuentra el poder, menos violento deviene. Así, la comunidad, el grupo mediante las leyes que configuran un orden moral, devienen poderosos en afán de perseguir las metas colectivas que se proponen, en contraposición con el poder reducido del individuo sobre los otros. Freud concluye así que el derecho es el poder de una comunidad. No es que la violencia desaparezca, sino que se desplaza desde el individuo al grupo, velando por los intereses de la comunidad como un todo.

Ahora bien, para que se consume ese paso de la violencia al nuevo derecho es preciso que se cumpla una condición psicológica. La unión de los muchos tiene que ser permanente, duradera. Nada se habría conseguido si se formara sólo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento. El próximo que se creyera más potente aspiraría de nuevo a un imperio violento y el juego se repetiría sin término.

Con ello estaría dado todo lo esencial para la conservación de la paz: "el doblegamiento de la violencia mediante el recurso de trasferir el poder a una unidad mayor que se mantiene cohesionada por ligazones de sentimiento entre sus miembros". Esta idea freudiana nos recuerda los célebres versos de José Hernández y su Martín Fierro: “Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera; tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean los devoran los de afuera.”

La fragilidad de la paz

Freud nos advierte que, lamentablemente, semejante estado de reposo es concebible sólo en la teoría; en la realidad, la situación se complica por el hecho de que la comunidad incluye desde el comienzo elementos de poder que se distribuyen de manera desigual. Para continuar con la analogía de Martín Fierro, es habitual que más pronto que tarde se desarrollen "hermanos" más poderosos que otros y se vean tentados a ocupar lugares de mayor jerarquía y poder de decisión. El desequilibrio se enraiza, pues, en dos factores: 

  1. En los intentos de ciertos individuos entre los dominadores para elevarse por encima de todas las limitaciones vigentes, vale decir, para retrogradar del imperio del derecho al de la violencia;
  2. En los continuos empeños de los oprimidos para procurarse más poder y ver reconocidos esos cambios en la ley, vale decir, para avanzar, al contrario, de un derecho desparejo a la igualdad de derecho.

Esto hace que aun dentro de comunidades que se supone deberían funcionar como una unidad de derecho, no sea posible evitar la tramitación violenta de los conflictos de intereses. Mientras tanto, la necesidad de convivencia en paz, reestablece un nuevo orden que será siempre transitorio y endeble, para volver a iniciar este círculo vicioso.

Las organizaciones supranacionales

Para morigerar esta tendencia, la única opción que considera Freud es que este supuesto organismo supranacional detente un grado de poder lo suficientemente considerable como para tener el control del orden. Ocurre que, para ello, los estados deben ceder poder de sus propias naciones y esto es muy difícil que ocurra. Además, esto nos conduce a otro problema: ¿Cómo se distribuye el poder en la Liga de las Naciones? Difícilmente esto se haga de una manera equitativa...

Hoy por hoy podemos ver que muchas de las profecías de Freud se han cumplido. La ONU, la OTAN funcionan de manera disgregada, descoordinada y débil frente al atropello de los estados expansionistas como la Rusia de Putin. Tal vez funcionaron bien durante un tiempo de calma aparente pero, en última instancia, ocurre como en la canción de Antón Pirulero, donde "cada cual atiende su juego", dando paso a avances de imprevisibles consecuencias siempre y cuando no atenten contra los propios intereses o el propio territorio.

Y lo que señala Freud es muy cierto: lo único que puede obrar como un límite al atropello, es la cohesión de los individuos basada en mecanismos identificatorios muy fuertes. No hace falta más que echar un vistazo a la historia del sXX para saber lo que ocurrió cuando se permitió que un delirante megalómano comenzara a anexar territorio colindante con Alemania. Entonces, lo único que pudo detener a Hitler y su ejército, fue la comunión de los "aliados" en defensa de los derechos vulnerados por el nazismo, cuando advirtieron que ellos mismos estaban en riesgo. Cabe aclarar que Freud escribe este texto casi una década antes del inicio de la segunda guerra mundial.

La guerra y el psicoanálisis

Eros vs. Pulsión de muerte

Por último, Freud abandona el análisis sociológico para esbozar algunas consideraciones de carácter psicológico. Su doctrina de las pulsiones sostiene que los fenómenos humanos pueden explicarse a partir de la participación conjugada de las pulsiones de vida/amor (Eros) y la pulsión de muerte. Así lo plantea a partir del "giro de 1920" con la publicación de Más allá del principio del placer: "Cada una de estas pulsiones es tan indispensable como la otra; de las acciones conjugadas y contrarias de ambas surgen los fenómenos de la vida. Parece que nunca una pulsión perteneciente a una de esas clases puede actuar aislada."

"Así, la pulsión de autoconservación es sin duda de naturaleza erótica, pero justamente ella necesita disponer de la agresión si es que ha de conseguir su propósito. De igual modo, la pulsión de amor dirigida a objetos requiere un complemento de pulsión de apoderamiento si es que ha de tomar su objeto. La dificultad de aislar ambas variedades de pulsión en sus exteriorizaciones es lo que por tanto tiempo nos estorbó el discernirlas. (...) Rarísima vez la acción es obra de una única moción pulsional, que ya en sí y por sí debe estar compuesta de Eros y destrucción".

La idea de Freud es que nunca se sabe qué es lo que motiva, en definitiva, nuestras acciones: Si Eros se alimenta de la pulsión de muerte para crear, o si son nuestras apetencias destructivas las que muchas veces se "justifican" en Eros, como se puede ver claramente ahora en relación a Putin, que dice invadir Ucrania para liberar, pacificar, "desnazificar", entre otros términos ideales. Lo que sí es seguro, según Freud, es que es inútil negar las inclinaciones agresivas de los hombres. El hombre no es ni de manera innata ni de manera exclusiva "bueno"; su tendencia natural no es la bondad como lo plantea la religión.

Mucho se ha hablado acerca del origen de la agresión. Algunos han buscado este origen en la desigualdad social y económica. Los comunistas piensan en una panacea en la que reine la igualdad y ya no haya motivos para sufrir ni para agredir al prójimo. En la actualidad está de moda encauzar la hostilidad en una "guerra entre los sexos" que parece más un absurdo histórico que el signo de un avance social hacia un modo de vida más evolucionado, que es como se lo quiere presentar.

Lo cierto es que en estos setenta años que siguieron a la segunda guerra mundial, más allá de unas pocas excepciones, ninguno de los representantes de las naciones más poderosas del mundo ha hecho esfuerzos reales por desinvertir en armamento y cesar en el reforzamiento de su capacidad bélica. ¿Esto no puede constituir un dato alentador, verdad?

Por supuesto que cada uno tiene una justificación razonable para ello. Como decía Freud, los argumentos crecen como la zarzamora. En español se dice con frecuencia "Por las dudas" ; en inglés "just in case", que asemeja más el "por si acaso" del español. Una forma más coloquial es "Por si las moscas..." Las dudas entonces parecen estar enajenadas en un otro, un otro maligno, perverso, hostil. En él se deposita todo lo oscuro que habita a la condición humana. Esto da muestras de que los seres humanos seguimos siendo incapaces de reconocer en nosotros la presencia de fuerzas destructivas y mortíferas. Como dice Freud:

Nos cuesta representarnos la cultura como un fenómeno destructivo...somos esencialmente pacifistas y en alguna medida idealistas, tal vez ingenuos porque nos gusta ver lo bueno que el hombre es capaz de crear mediante la sublimación de sus pulsiones...

Autor: Guillermo Miatello, docente y director en Academia de Psicoanálisis Madrid SL.

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