Ética y moral en psicoanálisis

La construcción de un sujeto responsable tal vez sea el norte y el desafío más grande que enfrenta, al comenzar, un recorrido psicoanalítico. Máxime, si se tiene en cuenta que no hablamos de responsabilidad moral, sino ética. ¿A qué hacemos referencia con esta distinción? ¡Entérate aquí!

Ética y moral en psicoanálisis
En este artículo encontrarás:

 

"Si el sujeto pudiera cumplir la ley en su absoluto, devendría el mayor criminal".

Jaime I. Szpilka

 

La ley del significante

Un psicoanalista sabe que los progresos en un tratamiento analítico son, en parte, el correlato de que las exigencias de la conciencia moral del sujeto vayan perdiendo su consistencia. Lacan afirmó que el fundamento de la ley en los seres hablantes se asienta en el centro de la estructura del inconsciente, en el lugar de un agujero en el saber donde Freud había situado lo reprimido originario.

Lacan introdujo el Nombre del Padre como soporte de la ley del significante, en el lugar donde se produce esa hiancia. Que el inconsciente esté estructurado como un lenguaje quiere decir que ambos, lenguaje e inconsciente, comparten la misma ley: la “ley del significante” o ley de la equivocidad semántica del signo lingüístico.

Tal vez sea por este motivo que Lacan considera que "el chiste es el milagro, la maravilla que prueba que hay algo para hacer con el lenguje". 

La ley del significante nunca fue promulgada por ningún ser hablante y no requiere ser conocida ni comprendida para que el sujeto quede, valga la redundancia, sujetado a ella. Se trata de una ley de lo real que no es una ley natural sino que rige el mundo simbólico.

Superyó y conciencia moral

La problemática de la ley en el ser hablante se distribuye y entrelaza en tres registros heterogéneos: las leyes de la naturaleza biológica, las leyes del lenguaje y las leyes de la palabra. Éstas últimas constituyen el punto de partida del superyó.

Las descripciones y explicaciones freudianas acerca de la función de la conciencia moral y sus relaciones con el yo  fueron retraducidas por Lacan en términos de la relación del sujeto con el Otro y referidas a lo que Lacan definió como la estructura del fantasma. En este sentido, Lacan también puso de relieve el lazo interno existente entre el deseo del Otro y los mandatos de la conciencia moral.

Cabe preguntarse si la hipótesis que señala que el fundamento de la ley se inscribe en el inconsciente encuentra antecedentes en lo enunciado por Freud. No obstante, es inevitable reconocer en el descubrimiento de las leyes que rigen los procesos primarios del inconsciente, el equivalente al estatuto de las leyes del lenguaje a las que se refiere Lacan.

Sin ir más lejos, en fragmentos específicos de La Interpretación de los sueños Freud refiere que el soñante es  responsable por los contenidos oníricos manifiestos aludiendo, con dicha referencia a una responsabilidad de un orden distinto a la responsabilidad moral, culpa o mala conciencia.

A más obediencia...mayor sentimiento de culpa

Los imperativos morales son enunciados confeccionados con palabras que exigen obediencia. Pero no es tan simple como parece obedecer el mandato de la palabra, ya que presupone que el sujeto entienda el sentido de lo que impone.

Por el contrario, la ley del significante, “prescribe” que el enunciado de cualquier palabra o frase carece de un significado unívoco y puede ser entendido de mil maneras diferentes. Dicho de otro modo, en virtud de la existencia de la ley del significante toda ley de la palabra es semánticamente inconsistente.

Entonces, ¿cómo cumplir con el mandato de la ley moral si su significado no está definitivamente establecido en ningún lado? Tal vez el pecado original de los seres hablantes sea la consecuencia lógica del deseo de obedecer la ley moral sin quedar en falta en el intento.

Freud advirtió que aquellos neuróticos que se mostraban más rígidos, escrupulosos e inflexibles en el cumplimiento del deber ser, paradójicamente eran los que se sentían más culpables. En última instancia, la obediencia moral ciega y automática contiene la imposibilidad lógica de su realización sin falla.

La función moral se consolida gracias a una renegación de tal imposibilidad o, lo que es lo mismo, se sostiene gracias al rechazo de la ley del equívoco. El obediente se comporta como si el mandato tuviera un sentido unívoco y rehúsa preguntarse por el sentido de la ley a la que se somete. Se trata del ideal de quedar anulado como sujeto para alcanzar la identidad del rebaño. En este sentido, la obediencia moral, sin la intervención del juicio ético, conduce a la perversión de la ley.

Hacia una ética del acto

Decíamos entonces que la obediencia moral automática comporta un sometimiento estricto y automático a la demanda del Otro. En disyunción con el principio de “obediencia debida” al mandamiento de la palabra sobre el que se sostiene la función moral, se afirma la función ética. El acto ético es también un modo de “cumplir” la ley, pero a diferencia del comportamiento moral, el sujeto antepone un NO al sentido imperativo del enunciado.

De este modo, “obedece” por así decirlo la primacía de la ley del significante que constituye el punto de apoyo para una “respuesta interpretativa” del sujeto al mandato de la palabra. Respondiendo con su interpretación, el sujeto se hace responsable ante la ley. El sujeto antepone así su propia pregunta a la respuesta que tiene que darle a un Otro.

Deslindo en este punto dos principios a) el de la “interpretación” a la letra de la ley como basamento del acto ético, y, b) el de “obediencia” a la omnipotencia del Otro como modo lógico del comportamiento moral.

El estatuto ético del inconsciente

En el seminario La Ética del psicoanálisis, Lacan no comentó ni una sola cita de Freud referida a la cuestión ética. No podría haber sido de otra manera puesto que Freud nunca conceptualizó la función ética como tal, solo habló de la moral. En los escasos pasajes donde empleó la palabra ética, lo hizo siguiendo la difundida y pobre concepción filosófica que trata a los términos ética y moral como si fueran sinónimos o parientes cercanos de la misma familia.

Lacan, en cambio, subrayó la necesidad de deslindar lógica y estructuralmente la dimensión ética de la moral. “Al hablar de ética del psicoanálisis, me parece, no elegí al azar la palabra. Moral, habría podido decir también. Si digo ética, ya verán por qué, no es por el placer de usar un término raro.”

Queda abierta en este punto la pregunta: ¿Imaginó Freud que “su” inconsciente pudiera ser la sede de alguna ley “humana”? Por su parte, en el Seminario 11, Lacan adelantó sobre esta cuestión lo siguiente “El estatuto del inconsciente, que como les indico es tan frágil en el plano óntico, es ético.” (…) “Si formulo aquí que el estatuto del inconsciente es ético, y no óntico, es precisamente porque Freud no lo pone en evidencia cuando da su estatuto al inconsciente.”

¿Dimensión ética del síntoma?

En su quinto seminario Lacan ya había desplegado con lujo de detalles que cualquier formación del inconsciente, por encima todas sus singularidades, constituye una interpretación, es decir, una operación inconsciente de lectura del sujeto a la demanda del Otro.

Esto nos permite reconocer, en el mismo lugar donde se produce la trasgresión moral del acto sintomático, la dimensión ética de la función del síntoma. Retomo en este punto la pregunta con la que inicié estas reflexiones: Si la práctica interpretativa del análisis avanza en sentido opuesto al sometimiento del sujeto a los imperativos de la ley moral, ¿cómo definir sus efectos?

Sin referencia a la función ética, la respuesta resulta imprecisa y confusa. Sirviéndonos de esta categoría podemos comprender que el análisis libera al analizante del peso de sentido del mandato moral en la medida que conquista el dominio de la función ética. “Ser psicoanalista es una posición responsable, la más responsable de todas, ya que él es aquel a quien está confiada la operación de una conversión ética radical del orden del deseo…

Aportes de F. Nietzsche

Nietzsche propone instituir una nueva noción de salud, concebida en términos extramorales. En un notable parágrafo correspondiente a La Gaya Ciencia, el filósofo aborda la popular fórmula moral médica de Aristón de Quíos según la cual “la virtud es la salud del alma” y propone cambiarla por la siguiente: "Tu virtud es la salud de tu alma", para dar cuenta de la dificultad que supone plantear los criterios de lo normal y lo patológico en términos universales. “Al objeto de determinar qué significa salud para tu cuerpo lo que importa es tu objetivo, tu horizonte, tus fuerzas, tus impulsos, tus errores y principalmente los ideales y los fantasmas de tu alma”.

Si el cuerpo es, por excelencia, el lugar donde se manifiestan las contradicciones que atraviesan al sujeto, hemos de asignarle, con Nietzsche, un nuevo valor a la enfermedad como una “maestra de la gran sospecha” que nos muestra el camino a muchos y opuestos modos de pensar, o bien, como lo expresa en Humano, demasiado humano, como un “medio y anzuelo” del conocimiento.

Asimismo, hemos de desconfiar de la salud tanto como de la verdad, así como de todo aquello “que invita al espíritu a quedarse sentado en un rincón”. Es por esto que Nietzsche afirma en Así habló Zaratustra que Hay sabiduría, sabiduría de la vida, en eso de recetarse a sí mismo por mucho tiempo la salud sólo en pequeñas dosis.”

Esta idea de la salud como algo que nunca acabamos de conquistar, que hemos de perder necesariamente y de manera continua, constituye una de las expresiones máximas de la apuesta ética nietzscheana así como una tesis medular de la doctrina psicoanalítica. “Nosotros los nuevos, los sin nombre, los poco inteligibles, nosotros los hijos prematuros de un futuro todavía no demostrado, nosotros necesitamos para un nuevo fin también un nuevo medio, a saber, una nueva salud, una salud más fuerte, sagaz, tenaz, osada y divertida que todas las saludes habidas hasta ahora".

Un real que se pone en cruz...

En un breve pasaje de Humano, demasiado humano, Nietzsche expresa de un modo gráfico la función de la enfermedad para la vida. Allí expresa que “con frecuencia el hombre enfermo en cama da a veces en que habitualmente está enfermo de su empleo, de sus negocios o de su sociedad, y en que por ellas ha perdido toda recapacitación sobre sí: esta sabiduría la obtiene del ocio a que lo obliga su enfermedad.”

¿No es esto, precisamente lo que señala Lacan en La tercera al situar el sentido del síntoma como un real, como aquello que se pone en cruz para impedir que las cosas anden? “que anden en el sentido de dar cuenta de sí mismas de manera satisfactoria, satisfactoria al menos para el amo”.

Y la idea freudiana expresada en Recordar, Repetir, Reelaborar, consistente en dotar de valor al síntoma y considerarlo un “adversario digno”; una parte -nada desdeñable- del propio ser, fundada en motivos importantes y de la cual hemos de extraer una valiosa utilidad para nuestra vida futura” no encuentra un antecedente claro en el sentido que revisten las siguientes palabras nietzscheanas de La voluntad de poder?

“Se deben entender no sólo como necesarios, sino como deseables, los lados de la existencia hasta ahora negados; deseables no sólo en relación con los lados hasta ahora afirmados (en cierto modo, como el complemento o la premisa de éstos), sino por amor a ellos mismos, como si fueran los lados de la existencia más poderosos, más fecundos, más verdaderos, en los que se expresa claramente la voluntad de existencia”.

Sólo se siente culpable...quien ha cedido en su deseo

Actuar conforme al deseo del Otro no sólo nos lleva a la neurosis, sino a actuar con culpabilidad. Hacer las cosas en nombre del otro no permite la asunción ética del sujeto, la pregunta por el propio deseo, estableciendo para cada persona el implacable destino de su repetición inconsciente.

Lacan se corre de la problemática moral (que es, en última instancia reactiva) para proponer su máxima ética de "no retroceder frente al deseo". Presenta, de este modo, no una confrontación sino una salida del círculo vicioso provocado por el llamado masoquismo moral (búsqueda del displacer, dolor o sufrimiento en el sentimiento de culpa, mala conciencia o pecado) y, sobre todo, por el imperativo moral kantiano.

Propone, en este sentido, una ética del Bien-decir que no es decir las cosas bien dichas ni de manera bonita sino el acto analítico mismo, que se opone a la idea de comportamiento o conducta, ya que, el acto analítico no es un observable, no es visible ni se puede describir, sino que es el acto donde se pone en juego el inconsciente.

La ética del bien decir...

En efecto, es el acto el que produce al sujeto. Una persona puede referenciarse a sí misma o a sus comportamientos como morales o inmorales, pero el acto no tiene esta categorización moral. No hay sujeto para Lacan si no está fundamentado en una dimensión ética, entendida esta como el arte de regulación de las acciones, esto es, todo aquello que confiere un tejido que se anude a la producción de la vida social (confianza, pactos, etc.).

Esto da como resultado un sujeto racional (ni razonable ni racionador) en ejercicio de la razón como una facultad práctica ajena al entendimiento: un sujeto para Lacan es responsable de sus palabras, de sus fallidos, de sus olvidos. Sabe que el único reconocimiento verdadero de su error es su rectificación, ni perdones ni promesas...

La moral es reactiva: juzga, idealiza, condena. La ética, por su parte, es activa: "Crea valores", como decía Nietzsche. Produce, por ejemplo, un sujeto capaz de hacerse cargo de su propia palabra, de su propia autoridad por hablar y de construir una nueva realidad.

En lugar del mandato superyoico que, de manera velada, manda al sujeto a gozar en línea con la satisfacción pulsional del ello, el psicoanálisis propone la asunción por parte del sujeto de su propia determinación como prerrequisito fundamental de la poca de libertad a la que ha de acceder si desea tener una vida. 

Como bien lo expresa Freud: "Donde ello era, yo he de advenir".

Autora: Cristina Gordillo. Alumna de la Academia de Psicoanálisis.

Edición: Joan Ballarin.

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