Heidegger y Freud: La verdad y el yo

En este artículo te presentamos los ejes centrales del pensamiento de uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, Martin Heidegger, así como algunas relaciones entre sus ideas y los postulados fundamentales de S Freud, el padre del psicoanálisis. ¿Quieres saber más? ¡Haz clic aquí!

Heidegger y Freud: La verdad y el yo
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Breve introducción histórica

Ya a mediados del siglo XIX se alzan voces contra la creciente industrialización. Éste es el tiempo en que el hombre se da cuenta del fracaso de la ilustración y de la caída del ser en un mundo totalmente deshumanizado. Una de estas voces es la de Charles Baudelaire y sus Flores del mal. Esta obra llega hasta nosotros para hablarnos de los restos, de los excedentes del progreso, de esa gente que va quedando atrás...

Siguiendo esta línea, Walter Benjamin, en su Libro de los pasajes y en sus Iluminaciones, estudia a fondo aquella época y, con sus compañeros de la escuela de Frankfurt (principalmente T. Adorno y M. Horkheimer) empiezan a retratar desde una óptica marxista la contracara de un progreso imparable que, según estos autores, no es más que pura ilusión.

El autor estudia a fondo la época en la que el sujeto contemporáneo empieza a constituirse: la industrialización, la urbanización, el nacimiento de las urbes monstruosas y alejadas de la naturaleza constituyen un fenómeno nuevo y es exactamente en París, sobre 1850, cuando este fenómeno surge. La constitución de este nuevo sujeto, el burgués ocioso y adinerado de clase media es el epítome de lo que luego se nos presentaría como el tipo ideal de la posmodernidad.

Ahora bien, para hablar de esta época quizás sea necesario hablar de Marx e ir más atrás, incluso hasta la ilustración, tiempo en que la filosofía pareció empezar a olvidarse de la pregunta sobre el ser. ¿No es acaso el pensamiento de Freud, ante la evidente caída del ser en el mundo tardo-moderno, una vuelta analítica a la cuestión sobre el ser?

El poeta Fernando Pessoa, muy influenciado por los mitos y por Heidegger, en su magna obra Tabacaría, comienza así a mostrar su profundo desasosiego:

No soy nada

Nunca seré nada

No puedo querer ser nada

Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo (…)

La pregunta sobre el ser

El filósofo alemán Martin Heidegger es reconocido como quien vuelve a retomar la cuestión sobre el ser y, en un primer hallazgo sorprendente, desliza lo que se conoce como la diferencia ontológica, la cual admite una formulación muy concisa: el ser no es el ente.

En otras palabras, nuestra persona no es nuestro ser, sino que está repleta de entes diversos que nunca podrán abarcar la totalidad de éste. Sólo podremos acceder al ser tangencialmente a través del ente en el que no sobre nada que no sea ser, es decir en aquel ente que, sin ser la totalidad del ser, todo su contenido se halla compuesto por el ser.

Traducido a términos psicoanalíticos diríamos que el ser es aquel pote hirviente, indescifrable, intraducible a la razón (el inconsciente) que contiene en su interior una variedad de entes que nos habitan de modo enigmático, mientras que aquel ente que nos permite acceder al ser (o inconsciente) sería, necesariamente, el yo.

Más allá del giro ontológico: la caída del ser

Es desde Kant, quizás, que la filosofía occidental empieza a preocuparse por temas dispares como la política y la historia. Kant es un ilustrado y, en pleno meollo de la ilustración, con nuevas informaciones que llegan de todas partes del mundo, el hombre occidental empieza a encontrarse con el otro, es decir, con culturas extrañas que lo enfrentan con la propia ajenidad.

El mundo occidental advierte que había creado hasta ahora un mundo eurocéntrico a su imagen y semejanza, siguiendo incuestionables mandatos ancestrales y estableciendo desde este criterio un paradigma de lo normal. Pero el filosofo alemán va más allá en este giro ontológico. Busca otro significado de la palabra ser y lo halla en el lenguaje. El verbo ser es susceptible de ser conjugado en pasado, presente y futuro. Esta imposibilidad del ser de ser definido si no es en un momento preciso le lleva a Heidegger a identificar el ser como algo temporalizado. “Sólo se evitará la caída del ser cuando se sea consciente de la certeza de una muerte futura”.

A partir de allí la certeza, la verdad con mayúsculas será su búsqueda, y la recompensa a sus pesquisas será todo lo que encuentre en ese camino. Como diría Pessoa en este lamento profundo sobre la nada:

(…)En tantos manicomios

Hay tantos locos con tantas convicciones

Yo que no tengo ninguna convicción

Soy más convincente o menos convincente

No (no creo) ni en mi.(…)

El giro hacía la esencia del arte

Heidegger se propone investigar el concepto de verdad del ser y lo hace tangencialmente, de nuevo, a través del estudio y reflexión sobre las obras de arte. Nuevamente, encontramos aquí un punto de encuentro con Freud. El psicoanalista vienés precisó también acerca de los mitos y calificó los sueños como susceptibles de interpretación.

En Heidegger encontramos el mismo movimiento, comenzando desde una antropología sesuda o trabajo de campo hasta un deslizamiento hacia el arte. A ninguno de los dos el ser les era suficiente, como tampoco lo era el lenguaje de la razón para describir la complejidad de la experiencia humana.

Y esto resulta un problema muy gordo pues casi todas las ciencias y todas las certezas acumuladas desde hace años están expresada (a excepción de las matemáticas) en el lenguaje de la razón. Una vez más, el hombre recibe un zarpazo a su narcisismo de omnipotencia cuando Heidegger retira las últimas certezas.

El lenguaje, lo mismo que el yo, o la verdad tienen un alcance muy limitado, o como diría Fernando Pessoa en otra poesía (Lisbon revisited).

(…)No me vengáis con metafísica

Llevaos de aquí la moral

No me pongáis en fila conquistas de las ciencias

De las ciencias, dios mío de las ciencias

¿Pero qué mal he hecho yo a todos los dioses?

Si tenéis la verdad guardáosla,

Soy un técnico

Pero sólo tengo técnica, dentro de la técnica

Fuera de eso estoy loco,

Con todo el derecho a estarlo,

Con todo el derecho a estarlo,

Me habéis oído (…)

Jean-Luc Nancy

Esta sospecha de toda certeza podemos asociarla a la producción de un importante filósofo contemporáneo, como es el francés Jean-Luc Nancy. Nancy, al igual que Freud, desecha la idea del ser como algo cerrado. Es más, el filósofo establece que en el momento que el ser se cierra es un cadáver viviente para él.

El ser es una entidad que se encuentra siempre en mutación, abierta y en permanente construcción. Nancy, quien se caracteriza por ser "el filósofo del cuerpo" se aproxima a la lógica psicoanalítica cuando reconoce la primacía de un cuerpo inmaterial: no en vano todo él está constituido por agua, susceptible de evaporarse. Sin embargo, el alma es material, y se expresa en un fenómeno físico como es la fonética.

Volviendo a Heidegger y al arte tras esta digresión, la obra de arte es una pequeña verdad, tiene existencia y todo lo que ella contiene remite a mundos que la desbordan. En la obra vemos el concepto de ente maravillosamente representado. No es el mundo completo al que nos remite y, sin embargo, todo lo que hay en la obra pertenece a ese mundo.

Así como la verdad, es siempre parcial e incompleta en comparación con la realidad. En ningún caso se debe confundir verdad y realidad: la realidad excede siempre a la verdad, y la verdad no es más que una porción de esa realidad.

Ni siquiera nos estamos refiriendo a mentiras sino al uso retorcido de ese lenguaje que, lleno de certezas y verdades, busca ocultar una realidad mayor. Como ilustra Fernando Pessoa en Lisbon revisited, nuevamente:

(…)Oh cielo azul

El mismo de mi infancia

Eterna verdad vacía y perfecta

Oh ameno tajo, Ancestral y mudo

Pequeña verdad donde el cielo se refleja,

Oh Lisboa de antaño y de hoy,

Nada me dais nada me quitáis

Nada de lo que yo me sienta, sois (…)

Este fenómeno es hoy en día muy observable, en las noticias. En las declaraciones de los políticos o sus gabinetes de comunicación, puede apreciarse cómo se desvía la atención del público, dirigiéndose interesadamente la mirada hacia una noticia irrelevante para tapar un escándalo mayúsculo. Así ciertos horrores pueden quedar sepultados por una sucesión interminable de trivialidades que los borren de la memoria del sujeto y mezclen todo, lo importante con lo menos importante hasta que todo al final parece igual.

Borges y los dos laberintos

Esto está muy bien ilustrado en el cuento de Borges de los dos laberintos. No es más difícil salir del laberinto más intrincado que del más desolador desierto. Esto, tan común en la clínica cuando se analiza el triangulo edípico en sus tres momentos que identifica lacan, se traduce en términos psicoanalíticos al laberinto del deseo de la madre cuando falta la inscripción del nombre del padre.

El laberinto y el desierto del cuento de Borges, en nuestra constitución subjetiva, pueden muy bien representar el vacío, la trivialidad cuando no directamente la mentira interesada o el silencio mediático en los hechos de nuestro mundo contemporáneo y en la constitución cultural del sujeto.

Hemos intentado hasta aquí de establecer un puente entre Freud y el presente sirviéndonos de estos dos magnos pensadores como son Martin Heidegger y Fernando Pessoa. Al mismo tiempo, hemos tratado de establecer un puente intermedio entre Freud y Heidegger a través de los conceptos fundamentales del filósofo alemán y sus posibles analogías con la metapsicología freudiana, aunando conceptos esclarecedores para conocer al sujeto posmoderno y el mundo que a cada momento éste crea y destruye.

Autor: Oscar Lorenzo. Alumno de la Academia de Psicoanálisis

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