Heinrich Racker: el psicoanálisis como poiesis

Heinrich Racker (1910-1961) ha sido uno de los grandes psicoanalistas desde S. Freud. Puede ser considerado como resultado del proceso combinatorio entre dos adagios: “el arte es largo y la vida breve” y “tiempos difíciles generan hombres magnánimos”. ¿Quieres saber por qué? ¡Adelante, haz clic!

Heinrich Racker: el psicoanálisis como poiesis
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Introducción: El nacimiento de la creación

H. Racker nació en el seno de una familia Polaco-judía en 1910, siendo un ejemplar de la vida del hombre como un mosaico, rico en teselas, que se entretejen, estructuran y configuran a lo largo del tiempo: unidad en la diversidad.

Comprender su praxis como individuo, como psicoanalista y como pensador, parte del reconocimiento de que el psicoanálisis es un saber que se construye a través de la vida del analista. La primera muestra de la curiosidad exquisita de Heinrich la proyectó hacia la música, dato que no resulta menor considerando que ésta es forma antes que contenido.

La música en el joven Racker, en un mundo convulsionado (la Viena de 1928), con latencias existenciales avizoradas desde varios puntos (ser polaco y judío constituían una carga enorme), seguramente le insufló de las posibilidades ontológicas que le son implícitas a ésta, como el deseo colectivo de la nación común perdida que tanto se deja escuchar en las polonesas de Chopin.

Madurez de la creación

La pujante curiosidad de Heinrich, junto con la corriente crítica de las ideas de su tiempo, encarnada sobre todo por Freud, lo llevó a reconocer una temprana afición por la medicina y el psicoanálisis. Asimismo, abrazó la literatura y la filosofía, doctorándose en esta última y en musicología en 1935.

En 1936 y 1937 respectivamente, fue candidato en el Instituto de Psicoanálisis de Viena y entró a estudiar medicina. Sumado al hecho de que ya a mediados de 1929 recibió clases de Oskar Adler, interesado en lo que la astrología tenía de contenido psicológico y caracterológico.

Además, estuvo bajo el tratamiento psicoanalítico direccionado por Jeanne Lampl-de Groot. En 1938 advino La Diáspora (muchos judíos abandonaron Austria para salvar sus vidas) llegando Heinrich hasta Argentina en 1939 a la edad de 29 años.

Ante tal situación global, Racker padeció muchas situaciones difíciles. Al principio se ganaba la vida en el país latino dando clases de piano y tocando en las fiestas íntimas familiares. Sin embargo, logró salir victorioso ante tal pugna de la vida, siendo que en 1947 lo designaron como miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

En Argentina, tuvo contacto e influencia sobre los pioneros del movimiento en dicho país. Entre ellos destacan: Ángel Garma, Horacio Etchegoyen (quien a su vez fue paciente de Racker), Marie Langer, y Fidias Cesio.

Finalmente, su vida se vio perturbada prematuramente a la edad de 51 años, por la enfermedad que él mismo llamó su “bestia” a saber: Cáncer hepático; causa de su fallecimiento en Buenos Aires.

Racker y la cristalización de su creación

Durante 1944, Racker gestó su opera prima psicoanalítica, intitulada “Sobre los celos de Otelo”, versando sobre los celos patológicos. Dicha obra deja entrever la unificación de la creación (poiesis) en la mente de Heinrich. De cómo el arte como expresión de la cultura, en tanto entramado subjetual, expresa un profundo contenido psicoanalítico, siendo partícipe de la pauta brillante de que la literatura es parte importarte de la comprensión del psicoanálisis.

De este modo, los celos proyectivos son característicos en personas que han reprimido, bajo la directriz de imperativos morales, sus propios deseos o tendencias de infidelidad (por estar en desacuerdo con aquellos); desplazándose de forma obsesiva tales tendencias temidas y reprimidas en la pareja para mitigar el sentimiento de culpa inconsciente.

Por otra parte, los aportes más valiosos de Racker versaron sobre la técnica analítica y en especial por sus minuciosas reflexiones acerca de la contratransferencia como instrumento terapéutico. Entre las obras más destacadas figuran:

  • “Observaciones sobre la contratransferencia como instrumento técnico” (1951)
  • “Una contribución al problema de la contratransferencia” (1953)
  • “Psicoanálisis del espíritu” (1957)
  • “Contribución al problema de la estratificación psicopatológica" (1957)
  • “Contrarresistencia e interpretación” (1958)
  • “Consideraciones psicoanalíticas sobre la música y el músico” (publicado en 1965)

Además, en su libro “Grandes maestros para la juventud” (1946), introduce a los nóveles y primeros incursores en la música pianística a través de sus variados estilos. También, en 1947 presentó Sobre un caso de impotencia, asma y conducta masoquista.

Racker y la contratransferencia

Desde 1948 hasta 1960 se interesó por la neurosis de contratransferencia, en donde el analista es situado al mismo tiempo como término-intérprete y término-objeto, en la relación dialéctica que hay con el analizado y su proceso de transformación.

En el año 1950 dictó en la Asociación Psicoanalítica Argentina una conferencia intitulada Aportación al psicoanálisis de la neurosis transferencia. Para nuestro autor, la relación dialéctica entre el analista y el paciente no puede ser neutral ya que la personalidad del analista no está libre de su propia neurosis, siendo su propio inconsciente “el instrumento” que determina los puntos de orientación de la cura.

En este sentido, el analista no es un agente pasivo sino activo sobre el tratamiento de las afecciones neuróticas. Sus trabajos permitieron cuestionar la “objetividad y asepsia” de la posición del analista, pues ¿Hasta qué punto “el carácter neutral” del analista no conduce a una represión y bloqueo de la subjetividad?

Racker y la acción del analista

En virtud de lo anterior, te preguntarás ¿Cómo debía operar un analista según Racker, al no apuntar a la neutralidad? Para el polaco, la dinámica transferencial está pensada desde la lógica de la proyección-introyección fundada en el complejo de Edipo; por lo que la objetividad del analista consistía en el reconocimiento de la propia posición subjetiva “que capacita al analista a tomarse a sí mismo (su propia subjetividad o contratransferencia) como objeto de observación y análisis continuo” (Racker, citado por Yaser).

Asimismo, una parte del despliegue en la clínica implica comprender y captar las expresiones de las resistencias del inconsciente, es decir, las pulsiones, celos, las relaciones objetales proyectadas en la figura del analista, y todo lo que no es recordado pero repetido en conductas.

Sin embargo, esto puede ser obstaculizado por las propias “contrarresistencias” del analista. De este modo, sólo se podría aprehender en el paciente aquello que el analista ha aceptado y comprendido de sí, para reconocerlo sin prejuicios, culpa, fastidio, angustia o rechazo. Habiendo dicho todo esto, volvemos a coincidir con Freud en la idea de que el análisis personal es una pieza fundamental en la constitución del psicoanalista.

Autor: Psic. Kevin Samir Parra, redactor en la Academia de Psicoanálisis Madrid SL.

Fuentes:

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