La división subjetiva: un concepto central del psicoanálisis

El descubrimiento freudiano sostiene que las personas estamos divididas de nosotros mismos... de nuestra verdad inconsciente, de nuestros núcleos silenciados y reprimidos. Ignoramos aquello que nos motoriza a conducirnos, relacionarnos y sentir de un modo determinado. ¿Quieres saber más? ¡Haz clic!

La división subjetiva: un concepto central del psicoanálisis
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La incesante presencia del pasado

Con frecuencia se oyen críticas al psicoanálisis por centrarse excesivamente en el pasado de las personas. Ahora bien, esta crítica carece de fundamentos: el "aquí y ahora" es, para el psicoanálisis, el escenario de actualización de un conflicto psíquico enraizado en la primera infancia y no elaborado adecuadamente, que tiende a repetirse de manera incesante y permanente en la vida de una persona.

Ya sea en la persona que uno elige, en la dinámica que toman los vínculos que establecemos, en la posición en la que nos ubicamos en nuestras relaciones con los otros, en los vicios y repeticiones de nuestro carácter, el universo afectivo de las personas suele transitar por un derrotero hecho de modelos o patrones que insisten una y otra vez de un modo “demoníaco”, como decía Freud.

El célebre tango "Naranjo en flor", de Virgilio Expósito, expresa este hecho de la siguiente manera:

Después...¿qué importa el después?

Toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado

Eterna y vieja juventud que me ha dejado acobardado

como un pájaro sin luz...

Las cosas que nos pasan

Comencemos por reparar en el hecho irrevocable de que a las personas, las "cosas" que nos pasan en nuestra vida y en nuestra relación con los otros, no están sencillamente "allí", en el mundo, de una manera objetiva. Lo que nos ocurre, apasiona, nos preocupa y desencanta está siempre en una relación directa entre eso que pasa "allí afuera" y  nuestros deseos, intereses y traumas -muchas veces desconocidos por nosotros mismos-.

Aunque no lo podamos reconocer; aunque para nosotros "los otros" son los que nos hacen esto o aquello, lo cierto es que el mundo externo que percibo siempre evoca algo de mi mundo interno. Lo que ocurre allí afuera resuena en cada uno de una manera determinada; y, asimismo, cada uno "busca" afuera lo que ya presiente, teme o ya ha encontrado "dentro".

La misma etimología de la palabra (ob-yecto) lo evidencia: las cosas y personas de mi mundo son “arrojados” al mundo por el sujeto que percibe". La forma que el psicoanalista Jacques Lacan encontró para expresar esto se encuentra explicitada en su Seminario 14: La lógica del fantasma: el sujeto se relaciona con el objeto a (objeto en falta) siempre en relación a su fantasma: un conglomerado simbólico, imaginario y real que condensa vivencias, representaciones, experiencias y significados de una historia subjetiva.

Las psicologías de la conciencia

Las psicologías de la conciencia merecen una cierta consideración en algunas aplicaciones. Por ejemplo, pueden resultar sumamente útiles para realizar marketing, publicidad, selección de personal o a los fines de reclutar soldados para una guerra...

Ahora bien, en términos de lo que conocemos como la subjetividad -esto es: los asuntos del alma humana, los pesares, los duelos y nuestra relación con los sueños y frustraciones- la única práctica que verdaderamente produce consecuencias, es el psicoanálisis.

Es probable que muchos detractores achaquen a esta praxis una duración excesivamente prolongada, un costo elevado o bien se diga que requiere un trabajo y esfuerzo muy arduos. Ahora bien, también es cierto que, como decía el hombre del Semanario de Munich citado por Freud respecto de las mujeres, hasta ahora "es lo mejor que tenemos en este tipo de cosas".

Aun no se ha inventado la técnica capaz de realizar modificaciones duraderas a los síntomas, rasgos de carácter, mecanismos de defensa y otros complejos inconscientes fuertemente arraigados en la personalidad...y hasta tanto eso no ocurra, el psicoanálisis seguirá con vigor, con todos sus "defectos", llevando la voz cantante en el ámbito de lo que Nietzsche definía como "humano, demasiado humano".

En el orden de lo subjetivo, la única oportunidad, la única ilusión que le queda a la humanidad es dar prioridad a lo que no comprendemos de nosotros mismos, a los "peces fugitivos" que nadan en las profundidades, como nos decía el gran poeta Antonio Machado en su célebre poema "Hay dos modos de conciencia".

Hay dos modos de conciencia:
una es luz, y otra, paciencia.
Una estriba en alumbrar
un poquito el hondo mar;
otra, en hacer penitencia
con caña o red, y esperar
el pez, como pescador.
Dime tú: ¿Cuál es mejor?
¿Conciencia de visionario
que mira en el hondo acuario
peces vivos,
fugitivos,
que no se pueden pescar,
o esa maldita faena
de ir arrojando a la arena,
muertos, los peces del mar?

La verdad que el síntoma revela

La conciencia, un órgano contenedor de todos los factores normativizados de la estructura social, es un órgano  reactivo. Se encuentra apoyada en la conciencia de sí, aquella instancia de nosotros que dice: - “yo sé lo que pienso, yo sé lo que quiero, sé lo que siento, sé lo que hago, yo sé quién soy”... 

Ahora bien, si las psicologías de la consciencia tuvieran razón al hablar de consciencia de sí, si yo pudiera saber lo que quiero, lo que pienso y lo que siento, la pregunta que nos formula Freud es: ¿por qué entonces pasa así? ¿por qué nos suele resultar tan dificultosa y conflictiva la relación con el otro? ¿Porqué el desasosiego, el desánimo, el miedo y la inseguridad? ¿Por qué el malestar, los síntomas, las inhibiciones, la angustia?

En relación con estas preguntas se inserta el enigma, el mensaje cifrado, opaco que el síntoma representa. El síntoma es portavoz de una verdad arcaica, fundamental del sujeto y que a la vez es desconocida para éste. A través del síntoma el sujeto neurótico se reencuentra -mediante la fantasía- con una satisfacción infantil, perversa, otrora "perdida".

De más está decir que ahora, consumada la "socialización" del sujeto y elevados sus diques morales y anímicos, el sujeto lejos está de reconocer esta satisfacción como tal: por el contrario, el síntoma le produce repulsión, rechazo, dolor y perjuicios y a los ojos de su conciencia "nada querría más" que librarse definitivamente de él.

La división subjetiva

Siguiendo este razonamiento, la división subjetiva hace referencia al hecho de que las personas estamos "divididas" de nosotros mismos, de nuestra verdad inconsciente, de nuestros núcleos silenciados y reprimidos. Ignoramos aquello en nosotros que nos motoriza a conducirnos, relacionarnos y a sentir de un modo determinado.

Los síntomas, las compulsiones, y toda la serie de problemáticas de la psicopatología dan cuenta de que, en psicoanálisis es muy difícil hablar de libertad, puesto que el psicoanálisis descarta que sea nuestra razón, nuestro intelecto lo que domina el escenario de nuestra vida. Ya lo dijo Freud al hablar de la tercera herida narcisista que el psicoanálisis infligía a la humanidad: "El yo no es amo en su propia casa".

El "deseo" es algo que no está unificado, sino que es algo complejo. Cuando Lacan expresa que "El deseo es el deseo del Otro", en parte, quiere decir lo siguiente: hay algo que quiero "yo" en relación al "quiero" del Otro en mí. Y este Otro que quiere "en mí" no es alguien de afuera, de carne y hueso, que me sugestiona, sino que está -por decirlo de alguna manera- en mi cabeza y en mi corazón. Es un "alguien" de adentro que, Lacan define como Otro con mayúsculas. 

Yo fuerte, sujeto débil

Una contradicción que habita el núcleo de la autopercepción lo representa el narcisismo, formación intrapsíquica desde la cual las personas sostenemos un yo bien afirmado -”yo pienso, yo hago, yo sé”.

El narcisismo es el corolario del vínculo primario entre el niño y su madre, un ser-para-el-otro (bueno, obediente, atento, etc) que nos defiende de lo aterrador de eso que Lacan llama "castración": la traumática separación del Otro primario. Es -pues- una idea ajena, que se nos presenta a las personas bajo la ilusión de que es propia.

La trampa narcísica que configura el egoismo, la vanidad y que tan de moda está en estos días, es más una dificultad que una condición virtuosa. El narcisista está inscripto en una realidad familiar, social, cultural en la que ha sido puesto en ese lugar de poder por el acceso a ciertos valores que Lacan llama fálicos -éxito, dinero, etc.- y "se la cree".

Esto tiene, como sabemos desde Freud, un trasfondo edípico innegable, pero es cierto que encuentra en una espiritupatía individualista cada vez más difundida, el terreno fértil para expandirse de manera cada vez más ubicua, hasta el punto en que podríamos afirmar sin temor a exagerar que la humanidad está, por estos días, enferma de "yo".

Los psicoanalistas, acostumbrados a escuchar los distintos componentes o instancias de la estructura psíquica sabemos que, por lo general, un yo fuerte es síntoma de un sujeto débil. Sólo quien tiene miedo de su desintegración psíquica pelea tan firmemente por sostener su YO.

Quien dice "YO sé lo que quiero", "YO sé lo que siento", "YO sé lo que hago", poco sabe de sí. Y suele ocurrir que, paradójicamente, las personas que más fanáticamente aferradas se encuentran a su "yo" son las menos proclives a solicitar ayuda: no porque no lo necesiten - tal vez todo lo contrario - sino porque no están dispuestas al riesgo que supondría caer desde tan alto. Hay, en este sentido, un conocido chiste trágico que retrata esta problemática con claridad: - "¿Cómo se suicida un narcisista? Se eleva hasta la punta de su ego y, desde allí, se tira".

Las palabras juegan con nosotros

Una vez un profesor de la Universidad me dijo una frase muy atinada: "Las personas creemos que jugamos con las palabras pero, en realidad, son las palabras las que juegan con nosotros". Las personas no nacemos hablando. Por ende, nuestro lugar en el mundo está dicho por Otro: uno es el predicado de Otro.

El sujeto (no el yo) está en su predicado. Ser predicado, del latín praedicati, quiere decir que así el sujeto ha sido hablado por Otro. - ¿Por qué me han dicho de esta manera y no de otra? No lo sabemos, pero que el sujeto no sepa no quiere decir que esto no esté en él. ¿Cómo? como un saber no sabido.

El sujeto no sabe por qué le han dicho como le han dicho, por qué quiere así, por qué tiene que ser de una determinada manera (yo ideal), a quién satisface con eso (ideal del yo)… ningún sujeto sabe. Siente. Siente la paradoja de la insatisfacción por no estar a la altura del propio significante (Lacan) o por la distancia entre el yo actual y el yo ideal (Freud).

Llegar a ser quien se es

Lo que Jaime Szpilka llama "encrucijada subjetiva" es el conflicto psíquico, nuestra humanidad. El hecho fatal de que uno viene de donde viene. Uno no puede tener otra historia, otros padres, otro nombre de los que ha tenido. La existencia de cada uno se refleja en el sugerente chiste del entrañable personaje Felipe de la tira Mafalda, de Quino: -"¿Justo a mí tenía que tocarme ser como yo?"

Las palabras en el sentido de la salud y de la ilusión, justamente representan ese hecho de apropiarse de lo que es de uno. Una manera sucinta de expresar el dilema subjetivo que atraviesa a cada uno a lo largo de una vida es:- ¿Cómo hago yo para apropiarme de las palabras que me han sido dadas, en el tiempo que me toque tratar con ellas, como si éstas fueran yo mismo?

Y esto se condice con lo que nos corresponde, como psicoanalistas muchas veces decirle a nuestros pacientes cuando la ansiedad, la irritabilidad o el enfado parecen dominar su ánimo. Aunque parezca una verdad de perogrullo, no sorprende que suela producir un enorme alivio: "Usted sólo puede ser quien es, e intentar hacerlo lo mejor posible y llevarse lo mejor posible con esa persona con quien -dicho sea de paso- tendrá que convivir por el resto de sus días...". Nietzsche llamó esto "amor al destino", o el arte de llegar a ser quien se es.


Escrito por Guillermo Miatello. Docente y director de la Academia de Psicoanálisis Madrid SL.

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