La fantasía neurótica de la perversión

En Tres Ensayos de una teoría sexual Freud define a la neurosis como el negativo de la perversión estableciendo que el neurótico fantasea con aquello que el perverso, sin más, actúa. Esta hipótesis, no obstante, ha dado algunos giros desde el momento de su formulación. ¿Quieres saber más? ¡Haz clic!

La fantasía neurótica de la perversión
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Introducción

La fantasía neurótica de la perversión se encuentra expresada en una serie de productos culturales. Me ocupan, en  el presente trabajo, dos de ellos: el film “Matador” de Pedro Almodóvar y una caricatura del humorista gráfico Joaquín Salvador Lavado (Quino).

A través de estos relatos me propongo leer algunas de las construcciones lacanianas en torno a la perversión, y abrir ciertos interrogantes respecto del estatuto de esta fantasía en la clínica diferencial.

Parto de la siguiente hipótesis: ambas producciones artísticas constituyen la figuración de una fantasía perversa del neurótico, y los personajes que actúan esta fantasía encarnan, igualmente, la idea que el neurótico se hace del perverso.

El trabajo presenta, a la manera de un recorrido, las distintas vías que fue tomando el análisis de estos textos.

“Te quiero… más que a mí misma muerta”

Matador cuenta la historia de Diego, un ex-torero, actual profesor de tauromaquia, en quien el goce sexual se halla ligado a la condición particular de asesinar a sus amantes durante el coito. Así, el protagonista parece haber desplazado su pasión sádica del ruedo a las mujeres.

María Cardenal es una abogado criminalista, ferviente admiradora de Diego, que incurre en una práctica similar: multiplica sus orgasmos matando a sus partenaires con un alfiler que extrae de su cabello.

Las circunstancias, a lo largo del film, van llevando al encuentro de los protagonistas. Entre ellos va creciendo una atracción desmedida que concluye, como es de esperar, con los amantes tendidos en el suelo, muertos, en una especie de “relación sexual infinita”.

En una de las escenas finales, justo antes del coito, se desarrolla entre los dos el siguiente diálogo:

- Ella: Nunca nadie me había besado así. Hasta ahora siempre hice el amor sola. Te quiero más que a mí misma muerta. ¿Te gustaría verme muerta?

- Él: Sí, y que tú me veas muerto a mí.

Finalmente hacen el amor y ella, en el éxtasis lo apuñala. Él, naturalmente, ya no puede hacer lo mismo con ella, con lo que su fantasía (que él la vea muerta) queda insatisfecha; pero María, prevenida, lleva en su cartera un revólver. Mientras su amante desfallece a causa de la puñalada que ella le ha propiciado, sigue su movimiento ascendente y descendente, gozando con la penetración. “¡Mírame, mírame!”, le suplica mientras se las arregla para sostener el revólver con una mano y la cabeza de su amante ya muerto -con los ojos dirigidos hacia ella- con la otra. Ahora sí, aprieta el gatillo.

Antes de empezar el análisis diremos que estos ejemplos son sólo hasta cierto punto homologables, en la medida que:

  • No tenemos certeza de que el protagonista de Quino efectuará el disparo, es decir, aquello que Almodóvar expresa con un hecho real en Quino queda en el plano de la fantasía.
  • El recorrido pulsional que plantea Almodóvar incluye a un otro real. Diego y María no se suicidan sino que pactan (aunque implícitamente) un “suicidio mutuo”.
  • Si María se excita sexualmente en tanto que “es vista muerta” suponemos en ella una relación particular con la mirada como objeto a –que no se halla igualmente explicitada en el caso de Quino-. Es decir su fantasma la muestra a ella siendo mirada de ese modo (muerta); lo cual nos permite inferir cierto goce sádico supuesto al Otro.

Hecha esta aclaración, cabe formularse la siguiente pregunta: la realización de esta fantasía -“ser visto muerto”- ¿constituye un pasaje al acto o un acto perverso? ¿Son estas categorías excluyentes o podemos decir que hay algo de perverso en todo pasaje al acto?

Pasaje al acto - acto perverso

En la novena clase del Seminario La angustia Lacan se encarga de trazar las diferencias entre pasaje al acto y acting out. Así, señala que este último se distingue por su orientación hacia el Otro y por su carácter esencialmente interpretable[1].

Lo que se muestra, se muestra esencialmente como distinto de lo que es. Lo que es, nadie lo sabe, pero que es distinto, nadie lo duda.[2]

Por el contrario, el pasaje al acto no quiere decir otra cosa que lo que dice. El pasaje al acto signa el punto en el que ya no hay palabra posible. El sujeto, excluido o rechazado de todo marco simbólico, se identifica con el objeto a. “El sujeto, en el máximo embarazo, no sabe ya ni dice nada. Se opone al Otro en un rechazo radical al saber” [3]

Este dejar caer es el correlato esencial del pasaje al acto. Aún es necesario precisar desde qué lado es visto este dejar caer. Es visto, precisamente, del lado del sujeto. Si ustedes quieren referirse a la fórmula del fantasma, el pasaje al acto está del lado del sujeto en tanto que éste aparece borrado al máximo por la barra. El momento del pasaje al acto es el del mayor embarazo del sujeto (…) Es entonces cuando, desde allí desde donde se encuentra –a saber, desde el lugar de la escena en la que, como sujeto fundamentalmente historizado, puede únicamente mantenerse en su estatuto de sujeto- se precipita y bascula fuera de la escena.[4]

Ahora bien, ¿qué sucede en estos relatos? Es a partir de la propia muerte que los protagonistas se ubican en la escena. El acto suicida en tanto que impulsado por esta fantasía, no se “opone radicalmente al Otro”; antes bien, encuentra en el Otro la condición misma de su realización.

Se subvierte así el sentido ordinario del acto suicida: Quino y Almodóvar nos llaman la atención sobre el goce que se obtiene del suicidio en tanto puesta en acto de una fantasía perversa, articulada al goce del Otro. No es la muerte en sí un hecho gozoso sino la idea de que el Otro me vea muerto: yo, en tanto muerto, devengo instrumento del goce del Otro.

En la perversión el deseo asume la modalidad de voluntad de goce y el sujeto se identifica con el objeto como instrumento del goce del Otro. En consecuencia, predomina una forma particular de relación con el otro –tanto el otro, semejante, como el Otro-. El sujeto perverso, al ubicarse en el lugar del objeto, vuelca sobre el otro la división subjetiva.[5]

La expresión de complacencia del megalómano de Quino desvía nuestra atención de la realidad material (el suicidio) y nos sitúa en la realidad psíquica (la fantasía) y en el goce que obtiene el protagonista con ella. Allí se produce el desplazamiento del cual se desprende el efecto cómico del chiste: a partir de este interjuego entre fantasía y expresión el suicidio -anudado a la angustia- se resignifica como algo placentero.

En tanto se piensa muerto, el suicida se coloca en el lugar del amo dado que es precisamente eso lo que quiere: en tanto objeto de fascinación y horror, poner a gozar al Otro. Es él, la supuesta víctima, quien impone las reglas del juego, que está armado en beneficio de su propio goce. Quien desempeña en apariencia el papel de amo (la multitud que lo diviniza) no es más que una pieza del montaje del sujeto masoquista. Ellos están instalados allí, en esa posición, porque el perverso quiere creer que es el Otro el que goza (en la medida en que el sujeto, hecho objeto, lo completa reintegrándole lo que le falta, el objeto a).

Fantasía neurótica de la perversión

En este punto surge la siguiente pregunta: ¿No se trata, en ambos relatos, de la figuración de una pregunta neurótica por excelencia (qué me quiere el Otro) proyectada sobre un sujeto que encarna la idea que el neurótico se hace del perverso, a saber, alguien que, a diferencia de él, sí sería capaz de actuar sus fantasías?

No es porque sueñen con la perversión que serán perversos.[6]

Una de las escenas finales de Matador, luego del suicido mutuo, muestra a los cadáveres tendidos en el suelo, entrelazados. Mientras se escucha la banda sonora “Te espero en el cielo, corazón” un eclipse de sol vuelve aún más lúgubre la escena. En ese momento el detective ingresa al lugar y, al ver el espectáculo, exclama:

- “¡Nunca había visto a nadie tan feliz!”

Esta breve sentencia expresa claramente aquello que Lacan ubica como el “fantasma encubridor del perverso”…

El fantasma preconsciente capaz de alcanzar el goce a través del saber y poder sobre un sujeto inanimado, reducido a la abyección o amarrado por un contrato.[7]

El neurótico cree en el goce que el perverso proclama, lo ubica en el lugar de “sujeto supuesto-saber-gozar”[8], cree que éste podría enseñarle a levantar sus inhibiciones. De allí el encanto que reviste: le supone un goce infinito en oposición al suyo, atravesado por la pregunta, por la castración del Otro que imprime la Ley del deseo.

Digamos que el perverso se imagina ser el Otro para asegurar su goce, y que esto es lo que revela el neurótico imaginando ser un perverso: él para asegurarse al Otro.[9]

Si Lacan da tanta importancia a esta fantasía es por lo que revela de la propia estructura del neurótico: imaginando ser un perverso, el neurótico se asegura al Otro. Es decir, hay un núcleo articulado al superyó en tanto que internalización de la relación con el Otro que podríamos definir como esencialmente masoquista.

Por la incidencia del superyó la subjetividad debe pagar un precio que se nombra como masoquismo el cual es un efecto en el sujeto del superyó (...) El masoquismo da cuenta de lo interesado que está el sujeto en el Otro desde aquello que lo causa como objeto a.[10]

En Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis Lacan señala la propia pérdida como fantasía estructurante de la dialéctica alienación-separación.  Cuando el sujeto se encuentra con la falta en el Otro, en los intervalos de su discurso, se pregunta “me dice eso, pero ¿qué quiere?”.

El primer objeto que propone a ese deseo parental cuyo objeto no conoce, es su propia pérdida - ¿Puede perderme?. El fantasma de su muerte, de su desaparición, es el primer objeto que el sujeto tiene para poner en juego en esta dialéctica, y en efecto, lo hace…[11]

Ser alguien en la vida…

Freud nos enseña a partir del establecimiento de la segunda tópica que la obediencia al superyó, además del displacer producto de la renuncia pulsional, supone como consecuencia para el yo una ganancia de placer, una satisfacción sustitutiva: el enaltecimiento del yo.

El superyó es sucesor y subrogador de los progenitores (y educadores) que vigilaron las acciones del individuo en su primer periodo de vida; (…) Cuando el yo le ha ofrendado al superyó el sacrificio de una renuncia pulsional, espera a cambio, como recompensa, ser amado más por él.[12]

Quino lleva este planteo hasta el absurdo: ya no se trata, como en todo neurótico, de que el ideal (la libertad, la felicidad, etc.) en tanto que inalcanzable, remite metafóricamente a la muerte (“debes matarte estudiando, trabajando, etc”). Aquí mandato e ideal coinciden, son la misma cosa. El ideal, es la propia muerte del sujeto. El mandato superyoico se presenta desvelado, se vuelve cínicamente contra el sujeto y no por ello deja de seducirlo y de obtener sus sacrificios.

(…) La renuncia a las pulsiones, al goce pulsional primario –habiendo mermelada en la cocina, no ir a comerla toda-, se hace debido al amor, porque si no, la madre o el padre se van a enojar. (…)El problema es que después el sujeto va a gozar de renunciar; no sólo no va a comer mermelada sino que no va a comer nada[13]

Pero, como sabemos, este movimiento no hace más que reforzar el circuito de la culpa. Así el hijo se sacrifica por temor a perder el amor del padre (a través de sus fantasías sostiene al Otro) pero a la vez se revela como impotente frente a éste, y el goce se desplaza sobre su impotencia. El megalómano de Quino expresa de manera palmaria este movimiento paradójico: con sus fantasías el sujeto logra la reparación simbólica de sus exigencias superyoicas a la vez que afirma la imposibilidad de su realización.

El carácter inextinguible de esa conciencia moral, su crueldad paradójica, configura en el individuo algo así como un parásito alimentado con las satisfacciones que se le otorgan.[14]

De modo que, en una última lectura, los textos constituyen una metáfora del conflicto irresoluble que representa para el sujeto el hecho mismo de estar atrapado en la estructura del Otro. Ni la neurosis, ni la psicosis, ni la perversión resuelven esta aporía.

Con este disparate[15] Quino pone de manifiesto el carácter disparatado del goce que se liga, por estructura, al reconocimiento del Otro, el cual opera por fuera del orden significante. Así, identificándose a un significante X que ubica en el Otro (que le promete la felicidad, “hacerse uno con el Todo”) el sujeto puede gozar de verse a sí mismo como amable, aun si esto implica su propia destrucción.

Bibliografía

    • Freud, S. Moisés y la religión monoteísta. En Obras Completas XXIII. Amorrortu. Bs.As. 2002,
    • Fundación del Campo Freudiano. Rasgos de perversión en las estructuras clínicas
    • Lacan, J. El Seminario 10: La angustia. Paidós, Bs.As. 2007.
    • Lacan, J. El Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós, Bs.As. 2003.
    • Lacan, J. El Seminario 7: La ética del psicoanálisis. Paidós, Bs.As. 2001.
    • Lacan, J. Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano. Escritos II. Siglo XXI. Bs As., 2002.
    • Manantial Bs As, 1992.
    • Mazzuca, R. Perversión, de la psychopathia sexualis a la subjetividad perversa. Bergasse Ediciones. Bs. As. 2003.
    • Miller, J-A. Lógicas de la vida amorosa. Manantial, Bs. As. 1991.

Referencias

[1] Aunque luego Lacan cuestione los efectos de hacerlo.

[2] Lacan, J. El Seminario 10: La angustia. Paidós, Bs.As. 2007. p.136.

[3] Fundación del Campo Freudiano. Rasgos de perversión en las estructuras clínicas. Acto perverso y fantasma. Manantial Bs As, 1992. p.203

[4] Lacan, J. El Seminario 10: La angustia Op.Cit. p.128.

[5] Mazzuca, R. Perversión, de la psychopathia sexualis a la subjetividad perversa. Bergasse Ediciones. Bs. As. 2003. p.18.

[6] Lacan, J. citado en Mazzuca, R. Op. Cit. p.22.

[7] Fundación del campo freudiano. La fachada de la perversión. Op cit. p.213.

[8] Op.cit. p. 214.

[9] Lacan, J. Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano. Escritos II. Siglo XXI. Bs As., 2002. p.805.

[10] Fundación del campo freudiano. La cuestión del superyó en neurosis y perversión (masoquismo). Op.cit. p.136.

[11] Lacan, J. El Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós, Bs.As. 2003. p.222.

[12] Freud, S. Moisés y la religión monoteísta. En Obras Completas XXIII. Amorrortu. Bs.As. 2002, p.113.

[13] Miller, J-A. Lógicas de la vida amorosa. Manantial, Bs. As. 1991. p.59.

[14] Lacan, J. El Seminario 7: La ética del psicoanálisis. Paidós, Bs.As. 2001. p.112.

[15] “La técnica de los chistes disparatados (…) consiste en la presentación de algo tonto, disparatado, cuyo sentido es la ilustración, la figuración de alguna otra cosa tonta y disparatada”. Freud, S. El chiste y su relación con lo inconciente. Obras Completas VIII. Amorrortu. Bs.As. 2004, p.56.

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