Madre y padre en la actualidad

Hoy en día asistimos a una crisis de valores sin precedentes. Las funciones parentales, el lugar de la familia, lo masculino y lo femenino están en discusión y son objeto de una relatividad moral que todo lo cuestiona. Pero ¿hasta qué punto estos procesos "de avanzada" son sanos y constructivos?

Madre y padre en la actualidad
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Un idilio en un mal lugar

El encuentro del niño con el Otro materno es importante no sólo con vistas su subsistencia (recibir el alimento, calor humano, cobijo) sino porque provee al cuerpo del infante una organización a las pulsiones. A partir del encuentro con la madre se configura, en conjunto con el yo, una suerte de “mapa pulsional” con las zonas, los modos y los objetos de satisfacción a los que quedará fijada la libido, y a los que tenderá a "regresar" durante la vida adulta.

El psicoanalista argentino Oscar Massota refiere que el psiquismo del ser hablante se estructura en un mal lugar. La psicopatología constituye el resabio estructural de este hecho irrevocable. Freud enseña que tanto la neurosis como la psicosis se caracterizan por la hiperintensidad de la pulsión y el retardo –inducido por la cultura- con que las pulsiones sexuales toman nota de la realidad a través del proceso que, psicoanalíticamente, definimos como castración.

Una vez internalizada la ley, el yo intentará -mediante fallidos e insuficientes mecanismos de defensa-  elaborar de alguna manera este conflicto inaugural. Expresa Massota en Lecciones de introducción al psicoanálisis:

"El idilio entre la madre y el hijo es un amor atravesado por la contradicción que roe la erogenización del cuerpo del hijo, donde lo inmediato de la relación de dos cuerpos está transido por la prohibición. Los accidentes de este idilio no carecen de importancia para la clínica. En la relación entre la madre y el hijo se organizan, ya en la edad temprana, todos esos gestos de seducción recíprocos, cuyo contenido ilusorio -pero no por ello menos patógeno- significa cierta transgresión de la prohibición, momento donde importa la neurosis misma de la madre, su capacidad de emitir mensajes de seducción, de cuya interpretación por el hijo dependerá parte de su futuro, o mejor, las determinantes de base de su futuro de ser sexuado."

La madre fálica

En Tres Ensayos sobre teoría sexual, Freud aborda la problemática figura de la madre fálica. Llamamos madre fálica a una madre que se resarce mediante su hijo en tanto que objeto de la afrenta narcísica implicada en la  envidia de pene. Es la madre a la cual se refiere Nietzsche cuando afirma que "a menudo una madre se ama más a sí misma en el hijo que al hijo". Esa madre que –amparada y acompañada por la moral cultural- juzga su proceder en relación al hijo como la expresión de un amor puro, tierno...

Las madres fálicas consideran que el hijo es un objeto propio de pleno derecho. A nivel emocional, la vida del hijo se les representa como un continuum de la gestación y el período intrauterino en que ella y su hijo eran uno. En su discurso esto resulta muy claro de advertir. Algunas veces, se refieren al hijo como un apéndice propio.  Por ej:“- mi hijo no me come la sopa”, “no me estudia”, “no me hace las tareas”. Ese "me" delata fantasías subyacentes a los reclamos, las quejas y el sufrimiento por las repetidas frustraciones que aquejan al hijo.

En muchas ocasiones, estas madres bombardean al hijo con demandas contradictorias e insaciables. Así, el hijo, sin importar lo que haga, quedará condenado a un lugar de rechazo. En una cita familiar, una madre le dijo en tono de reproche a su hijo adulto, de 37 años que es adicto a las drogas, vive con ella y le miente permanentemente: “-¡Ya eres un adulto, Marquitos!”. Estos mensajes contradictorios son un sello inconfundible del tipo de relación conflictiva que instituyen: a fin de cuentas...¿cómo reconciliar la exigencia de crecer con la carga libidinal implicada en el uso del diminutivo?

Cuando el amor no conoce límites...

Muchas veces las madres fálicas trascienden su función. Son abuelas y continúan siendo madres. Son madres de los hijos, de los nietos, de los maridos y de los yernos. Son, fundamentalmente, madres. Tienen todo y a todos. Nada les falta. Y por lo tanto, en tanto "todo" lo dan...todo piden a cambio. Cualquier intento de andar en una dirección no aprobada, no convalidada o no indicada por ellas es visto como una traición, como un ataque artero y una ofensa que desconoce la deuda por el amor recibido. La extorsión melancólica aparece así como un recurso desesperado para conservar la sartén por el mango. “-¿Qué te he hecho yo para que me hagas una cosa semejante?

Aunque los efectos de las relaciones que instituyen las madres fálicas distan de ser cómicos, encontramos muy bien caricaturizada su posición en el sketch "Yolanda" del célebre humorista argentino Antonio Gasalla:

La función paterna

Si pensamos en la constitución psíquica desde el narcisismo como nos sugiere Freud, el ser del hijo se apoya en lo inobjetable del amor materno. Será, por ende, muy difícil para el hijo "salir" de la condición narcísica que le exija inconscientemente el amor materno, porque ello pondrá en jaque nada menos que su identidad. En el film "Gente como Uno" (Ordinary People, 1980) vemos un ejemplo claro de cómo esta relación madre-hijo estragante puede estar viciada por el rencor, la culpa, la frialdad y la indiferencia...conduciendo al hijo a la engañosa ilusión de buscar un lugar aún si ello implica su autodestrucción.

Como bien se ve en el film, la pregunta acerca de la paternidad deviene una cuestión relevante en términos de la clínica psicoanalítica, mas no sólo en el sentido moral de la bondad, sino fundamentalmente en términos de la eficacia en el ejercicio de una función. Es cierto que en los últimos años se ha puesto de moda remitir todas las dificultades emocionales de una persona a la figura de un supuesto “padre ausente” y reivindicar la "presencia" del padre en los distintos momentos de la crianza de los hijos, como si esto fuera un factor decisivo de la salud emocional de estos.

Sin menoscabar la importancia que tiene para una persona el crecer rodeada de afectos, sabemos que la dialéctica de presencia-ausencia no se dirime en relación al padre sino en relación con la satisfacción de las necesidades básicas del infante, y sólo la madre en tanto que Otro primario, puede colmarlas. El fort-da, como nos enseñó Freud opera en relación con ese Otro absoluto capaz de proveer el calor, el cobijo y el alimento, hecho que opera como soporte y garantía de la vida misma considerada como un hecho real.

Ahora bien, la existencia del ser hablante no es sólo real sino que también es simbólica. Entonces si no aporta presencia ¿qué aporta el padre, pues, a la crianza del hijo? Lo que aporta el padre es la función, que puede ser eficaz tanto desde su presencia como desde su ausencia reales. Cuando hablamos de función, hablamos de operar una cierta distancia entre la díada madre-hijo y esto se produce cuando en términos inconscientes el padre ocupa un lugar en el corazón de la madre.

Esto es lo que hace que a la madre ese hijo que depende de ella no sea "todo" lo que le falta y lo que la colma...sino que haya un más allá en el hombre con quien lo concibió y con su deseo, con su palabra, y considerando el lugar que ambos (madre e hijo) representan para él. Esto es lo que abre para el hijo la vía de una identificación, de una carencia, de un deseo y de una personalidad propia, no mimetizada con el Otro materno.

La clínica nos enseña día a día que hay padres que pasan poco tiempo con sus hijos y aún así están muy presentes en la vida anímica de éstos: en los valores, en los sueños, en la manera de conducirse y de actuar. El caso inverso también abunda. Hoy en día la palabra autoridad se confunde con el autoritarismo y muchos padres tienden a ejercer sobre los hijos un amor egoísta, adolescente en el cual pareciera que hay que ser "amigo" o "compinche" de ellos, más que encarnar la ley y mostrarles desde su experiencia y sapiencia los caminos que los ayuden a vivir de la manera más sana y recta posible.

¿Qué es un buen padre?

Es en este sentido que Lacan introduce, siguiendo a Freud, el concepto de metáfora paterna. La MP es un significante princeps destinado a metaforizar, a sustituir el significante deseo de la madre. Es esta una operación necesaria para que el niño no quede absolutamente entregado a los caprichos y designios de la madre fálica.

Esta interdicción implica una nueva lectura de la prohibición del incesto invocada por Freud en Tótem y Tabú, y se ejerce en un doble sentido. Sobre el hijo - “no te acostarás con tu madre”- y sobre la madre - “no reintegrarás tu producto”. Se trata de una operación necesaria, fundante pero no por ello sencilla y sin sobresaltos. Tengamos en cuenta que, como señala Freud, tanto la madre como el hijo, llevarían a cabo de buen grado las acciones sobre las que pesa tal interdicción de no mediar "obstáculo" alguno para ello.

En este punto es donde este concepto de metáfora paterna toma toda su fuerza. La metáfora paterna es ese obstáculo. El palo puesto en la boca del cocodrilo que impide que esa boca se cierre en una fantasía devotadora. Como dice el antiguo refrán: "tortita de manteca para mamá que me da la teta, tortita de cebada para papá no me da nada"...y sin embargo, esa "nada" que da un padre, para un niño es todo: es el referente, es el ideal, es el modelo a seguir y la puerta de acceso al mundo del lenguaje y la cultura. 

El padre no tiene nada para dar, más que estar presente en el discurso, en las palabras, en el corazón de la madre. Con ello limita su deseo y lo direcciona de una manera más sana, estableciendo una brecha, una morigeración, una cierta regulación del vínculo entre la madre y el hijo. Esta operación instituye en el hijo la cadena de identificaciones secundarias tan bien retratadas en la famosa canción del Topo Gigio con la canción: "Como mi papá".

Identificación e identidad

Ser padre es, de por sí, una función imposible que además, se encuentra hoy particularmente desautorizada, cuestionada, como si quisiera ser borrada...El empuje irrefrenable del individualismo identitario encuentra en la ideología de género (según la cual "cada uno es lo que quiere ser") su máxima expresión. El impulso delirante hacia la consagración del "Uno que unifica" busca irrefrenablemente conquistar terrenos del "Otro" para ampliar las fronteras del yo, sumiendo al sujeto en la ilusión infantil omnipotente y mágica del "todo se puede", siguiendo la primacía del principio del placer.

Se trata de una época donde la castración se encuentra negado, forcluido. Sin embargo las personas sabemos que no podemos todo. Y no sólo eso: sabemos también que la ilusión del “todo se puede” nos conduce con frecuencia a perderlo todo, a quedarnos sin nada. La guerra entre los sexos es un claro síntoma de nuestra decadencia moral: Hombres y mujeres rivalizando fálicamente detrás de un supuesto valor que niega el valor del sexo opuesto.

Todos sabemos muy bien que somos seres complementarios, que lo femenino y lo masculino componen en distintas proporciones a cada ser humano sobre la faz de la tierra, y que ambos sexos somos igualmente valiosos en nuestra diferencia. Es más: esa diferencia nos habita a cada uno hasta el punto de que nuestra vida es una consecuencia de ella.

Así como hombres y mujeres nos hacemos falta, así hacen falta padre y madre en la constitución subjetiva del hijo. Ambos agentes son igualmente indispensables, aunque cada uno a su manera. Plantear la prescindencia de uno de estos agentes o bien forzar ideológicamente una igualdad inexistente sólo puede conducir a la humanidad a un extravío infantil y destructivo cuyas consecuencias, lamentablemente, ya estamos comenzando a observar y a padecer.

 

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