Nietzsche y el Psicoanálisis

¿Quieres saber por qué Nietzsche es uno de los autores centrales del psicoanálisis, cuál es su relación con la teoría de Freud y por qué merece un lugar de privilegio entre las ideas que constituyen el marco para el surgimiento y desarrollo de la doctrina psicoanalítica? ¡Lee el siguiente artículo!

Nietzsche y el Psicoanálisis
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¿Quién es Nietzsche? ¿Qué representa para el psicoanálisis?

Las ideas de Nietzsche impregnaron el psicoanálisis. Su influencia resulta evidente incluso en el estilo literario de Freud. Toda la generación del médico vienés estuvo impregnada del pensamiento de Nietzsche del mismo modo que la generación anterior había estado bajo el hechizo del darwinismo. Por otro lado, es imposible sobreestimar la presencia de Nietzsche sobre la psiquiatría dinámica. Más incluso que Bachofen, puede ser considerado como la fuente común de Freud, Adler y Jung.

El propio Freud, en su Presentación Autobiográfica se refiere a Nietzsche como un pensador “cuyas intuiciones e intelecciones coinciden a menudo de la manera más asombrosa con los resultados que el psicoanálisis logró con trabajo” y admite haberse mantenido al margen de sus escritos con la finalidad consciente de evitar que representación-expectativa de ninguna clase viniese a estorbarlo en la elaboración de las impresiones psicoanalíticas.

En una primera aproximación podemos ubicar los puntos de convergencia entre Nietzsche y Freud en un nivel teórico. Una serie de tópicos centrales -el estudio de los sueños, el reconocimiento de las pulsiones como “eso” (das Es) que gobierna y determina la vida anímica, la pluralidad del yo, la interdicción del incesto como vía -siempre conflictiva- de acceso al orden simbólico, la pregunta por la etiología de los sentimientos morales, el lugar predominante del cuerpo como representante de una verdad novedosa y reprimida... son sólo algunos temas que están presentes en Freud articulando de manera original aspectos importantes de la reflexión del Nietzsche.

Si indagamos profundamente en conceptos nietzscheanos como la doctrina del eterno retorno, el amor fati (amor al destino) y la idea del Superhombre tal como se plantea en Así habló Zaratustra, encontraremos aún más relaciones profundamente interesantes entre estos dos autores, que constituyen de las personalidades más brillantes y geniales que ha dado la humanidad.

Lo particular del enfoque psicoanalítico

A las coincidencias enumeradas, presentes en el plano de la teoría subyace un trasfondo ético, una concepción singular del hombre y la cultura. Ya sea en términos de “nihilismo” (voluntad de la nada) o de “pulsión de muerte”, ambos autores consideran el malestar del sujeto como un hecho enraizado en la civilización y articulado al lenguaje. En tal sentido, tanto Nietzsche como Freud descartan de plano toda idea de “progreso” o “avance” en cuanto a la cultura y las relaciones humanas.

Más aún, consideran todo idealismo, en éste o en cualquier otro sentido, como el residuo de una posición infantil (nada de romántico en este concepto) que es necesario perder. Freud nos dice a este respecto: “El hombre no puede permanecer enteramente niño; a la postre tiene que lanzarse fuera, a la «vida hostil». Puede llamarse a esto «educación para la realidad»; ¿necesito revelarle, todavía, que el único propósito de mi escrito es llamar la atención sobre la necesidad de este progreso?”.

La "observación psicológica" y el tratamiento psicoanalítico

Tanto la observación psicológica nietzscheana como el tratamiento psicoanalítico freudiano se proponen indagar en las condiciones singulares del infantilismo presente en el hombre de las culturas tardías bajo la hipótesis de que el esclarecimiento y la elaboración de un saber acerca de los procesos inconscientes implicados en el pathos derivarían en eventuales consecuencias de salud para el sujeto. 

Nietzsche, quien se autoproclama como “el primer psicólogo”, por supuesto está advertido de las dificultades implicadas en este trabajo de rectificación. Aun así, sienta posición respecto del carácter necesario de tal recorrido. “Es necesario despertar el espíritu de observación psicológica. El aspecto cruel de la mesa de disección psíquica, de sus cuchillos y de sus pinzas no puede serle evitado a la humanidad. Pues en este dominio está domiciliada esa ciencia que se pregunta el origen y la historia de los sentimientos llamados morales y que en su marcha debe proponer y resolver los problemas complicados de la psicología”.

Un maestro del escepticismo

En una dirección similar, Nietzsche cuestiona el protagonismo que han tenido las religiones en la historia de la humanidad. Señala que su combustible ha sido la enigmática voluntad de “perderse a uno mismo, obedeciendo mucho tiempo y en una misma dirección”. En El Anticristo, una de sus obras contestatarias por excelencia, aborda la idea de "orden moral del mundo" que propone el cristianismo y que resume en los siguientes principios: 1) que existe una voluntad de Dios sobre lo que se debe hacer y lo que no. 2) que el valor de un pueblo o de un individuo está determinado por el grado de obediencia prestado a tal imperativo.

El sacerdote se ha ubicado siempre como el representante del orden moral, aquel que ha recibido la revelación de la voluntad de Dios. En este sentido la iglesia “ ha abusado del nombre de Dios: llama reino de Dios a un estado de cosas en el que es un sacerdote quien fija los valores", ha llamado "voluntad de Dios" a los medios que empleado para alcanzar o mantener determinado estado de cosas.

El Malestar en la Cultura

Un elemento común de la obra de Nietzsche y Freud, y que ofrece un hilo conductor por los principales textos de uno y otro autor lo constituye el tópico del  malestar en la civilización, esto es, la identificación de un elemento irreductible de malestar en la base de la constitución de la sociedad.

En el prefacio a la Segunda Edición de La gaya ciencia, una de sus obras más importantes, Nietzsche nos habla acerca de la soledad que experimentó en su tiempo. Tengamos presente que el "filósofo del martillo" sólo devino famoso de manera póstuma, vendiendo sólo unos pocos ejemplares de sus obras mientras estuvo con vida. De alguna manera sentía no tener "oídos" a los cuales hablarles de sus descubrimientos. Es imposible, al leer hoy sus palabras evitar pensar que estaba hablando de Freud, aún sin conocerlo.

“Espero aún que un médico filosófico en el sentido excepcional de la primera palabra –uno que haya de ir tras el problema global de un pueblo, de una época, de una raza, del género humano- tenga alguna vez la valentía de llevar hasta el final mi sospecha y atreverse a sentar este principio: de lo que se trataba hasta ahora en todo filosofar no era en modo alguno la “verdad”, sino de otra cosa, digamos que de la salud, del futuro, del crecimiento, del poder, de la vida”. De lo que está hablando aquí Nietzsche, otro de los "maestros de la sospecha", no es otra cosa que lo que Freud llamaría cincuenta años más tarde El Malestar en la Cultura.

Bases del pensamiento de F. Nietzsche

Desde la perspectiva de Nietzsche, la entera cultura occidental se halla edificada sobre la base de valores -anclados en el lenguaje y su metafísica inherente- que han pasado a ser el fondo común de la especie humana, “sangre de nuestra sangre y carne de nuestra carne”. Estos valores, por su carácter gregario, han sofocado sistemáticamente las formaciones autónomas, constituyéndose en un dispositivo sacrificial de toda singularidad significativa y operante en la cultura

La función primera del proceso civilizatorio tal como Nietzsche la define en La genealogía de la moral es “criar un animal que pueda prometer” -a contramano del carácter radicalmente indomeñable de la pulsión. Este proceso ha conllevado el desarrollo en el hombre de una facultad puesta al servicio de un comportamiento predecible, regular.“De camino hacia el ‘ángel’ (para no utilizar aquí una palabra más dura), el hombre ha ido criando en sí mismo ese estómago estropeado y esa lengua cubierta que hacen no sólo que la alegría e inocencia del animal se le hayan tornado repugnantes, sino que la vida misma haya pasado a ser para él una cosa poco apetecible.”

Estas ideas abonan el terreno para la tesis de una degeneración histórica de la cultura –décadence-, que ocupa en la obra de Nietzsche un lugar central. La "filosofía a martillazos" se implica como una fuerte crítica a gran parte de los supuestos sobre los que se asienta nuestra cultura. Una a una, Nietzsche interroga las grandes verdades de occidente para encontrar tras ellas el testimonio del lado más cruento y nocivo de su historia: una suma de errores -de “autoengaño convertido en instinto”- fundados sobre el silenciamiento general de las pasiones.

La crítica nietzscheana en este sentido posee dos frentes principales: uno propiamente metafísico, y el segundo -más importante- se centra en el terreno de la moral, que es para Nietzsche previo y fundamento del anterior. Es necesario, señala, remitir los valores que desde tiempo inmemorial vienen alimentando -e indigestando- nuestra cultura, al terreno moral del que brotan. "Todo lo que hasta ahora se llamó “verdad” ha sido reconocido como la forma más nociva, más pérfida, más subterránea de la mentira; el sagrado pretexto de ‘mejorar’ la humanidad, reconocido como el ardid para chupar la sangre a la vida misma, para volverla anémica”.

El absurdo del "número máximo"

Nietzsche considera que el proceso de civilización se ha encargado de reprimir y desfigurar de manera sistemática los instintos. En una revisión histórica, tal procedimiento le ha permitido al hombre edificar estados y expandirse cada vez con mayor grandiosidad. En efecto, el poder de una comunidad siempre estuvo decidido por su carácter gregario, es decir, por cuánto de sí mismos estuvieron dispuestos a ceder los individuos a las exigencias del rebaño. “Es el error psicológico y en general la torpeza en este dominio lo que ayudan a la humanidad a avanzar”.

En este sentido, reconoce que existe una discordancia fundamental entre la cultura como "cúmulo de recetas universales de comportamiento" y el carácter radicalmente singular, diferenciado de la pulsión. Nietzsche sitúa como núcleo irreductible de malestar esta contradicción primordial entre los hombres y el hombre. Aquello que el instinto gregario considera como beneficioso es, para el filósofo, motivo de una fuerte sospecha: ¿Bueno para qué? ¿Permite el avance de quién? ¿Hacia dónde? 

En Más allá del bien y del mal es concluyente a este respecto, señalando que el absurdo del ‘número máximo’ estan sólo la última forma de aquel horrible dominio del absurdo y del azar que hasta ahora se ha llamado historia. “Todos nosotros aún adolecemos siempre del demasiado escaso respeto a lo personal en nosotros; esto está precariamente desarrollado, admitámoslo: nuestro sentido más bien se ha retraído violentamente de ello y se lo ha ofrecido como sacrificio al Estado, a la ciencia, al desamparado, como si fuera lo malo que debiera ser sacrificado.”

Nietzsche: decadencia y nihilismo

Para Nietzsche, el alma humana se encuentra, desde siempre, escindida por la moral. Ésta es la enfermedad incurable a él da el nombre de mala conciencia, que describe como “el fenómeno a partir del cual el hombre ha pasado a sufrir de sí mismo”, y que sitúa como el elemento genealógico fundamental del pensamiento semítico y cristiano.

En su trabajo Freud y Nietzsche, P-L Assoun destaca el carácter reactivo de este progresivo proceso de “envenenamiento” cuyo origen sitúa en una inversión paradojal de la voluntad, según la cual el afecto que no encuentra su descarga a través de la actividad dispara un mecanismo tóxico. Este mecanismo se pone en marcha a partir del momento en que aquella acción que se reprime deviene ‘creativa’, lo cual implica una inversión de la relación sujeto-acción-mundo; la mala voluntad es objeto y no sujeto. Sus acciones son en realidad reacciones.

Estas ideas básicas sostienen la tesis de una degeneración histórica de la cultura –décadence-, que ocupa en la obra de Nietzsche un lugar central, y que se encuentra directamente articulada a su idea del nihilismo. El concepto de nihilismo presenta en la teoría del filósofo diversos matices y merece un análisis diferenciado. Sin embargo, considero que una de las acepciones centrales del término queda expresada con simpleza y precisión por G. Deleuze quien, siguiendo a Heidegger, lo resume como el proceso a partir del cual, a lo largo de la historia, las fuerzas reactivas han creado valores y se han apoderado de la cultura de occidente

"Si se coloca el centro de gravedad de la vida no en la vida, sino en el más allá -en la nada-, se ha arrebatado el centro de gravedad a la vida en general. La gran mentira de la inmortalidad personal destruye toda razón, toda naturaleza en el instinto; todo lo que en los instintos es benéfico, favorable a la vida; todo lo que garantiza el porvenir despierta desde entonces desconfianza. Vivir de modo que la vida no tenga ningún sentido, es ahora el sentido de la vida..."

La teoría de Freud

 

Freud continúa en gran medida la línea escéptica planteada por Nietzsche. En contraposición con la idea de "progreso" se encarga de destacar el carácter inherentemente conflictivo, dramático que supone la traducción del mundo individual al mundo común. En este sentido, señala que “Todo individuo es virtualmente un enemigo de la cultura que, empero, está destinada a ser un interés humano universal".

En El Porvenir de una ilusión, el padre del psicoanálisis cuestiona la idea de progreso en términos de las relaciones humanas y define la ilusión que esto supone como la Edad de Oro: “Mientras que la humanidad ha logrado continuos progresos en el sojuzgamiento de la naturaleza y tiene derecho a esperar otros mayores, no se verifica con certeza un progreso semejante en la regulación de los asuntos humanos. Se creería posible una regulación nueva de los vínculos entre los hombres, que cegara las fuentes de descontento con respecto a la cultura renunciando a la sofocación de lo pulsional, de suerte que los seres humanos, libres de toda discordia interior, pudieran consagrarse a producir bienes y gozarlos. Sería la Edad de Oro; pero es dudoso que ese estado sea realizable".

Ya desde sus primeros escritos psicológicos, Freud advierte que existe un conflicto infranqueable entre el individuo y la cultura. La convivencia sólo es posible en la medida en que el poder de una mayoría aglutinada y cohesionada –que encuentra expresión en el derecho- prevalezca sobre el poder del individuo aislado, el cual será de aquí en más condenado como “violencia bruta” por la comunidad. La renuncia pulsional queda definida, pues, como el pilar del desarrollo cultural, condición de posibilidad de éste.

Constitución del síntoma neurótico

Freud explica el malestar que tal requisito ineludible lleva aparejado describiendo el paso desde una disposición infantil que es perversa polimorfa hacia la vida sexual regulada y normativizada del adulto. El postulado de una pulsión, como ese empuje interno, parcial y constante que acompaña la vida desde el comienzo y que busca de manera autónoma su satisfacción sin miramiento alguno por la persona constituye la piedra fundamental de su doctrina.

Si a esto añadimos el carácter estructurante del complejo de Edipo -cuya tesis central indica que la primera elección de objeto es necesariamente de tipo incestuoso -y por lo tanto inaceptable en términos culturales- vemos hasta qué punto Freud sitúa al infante en un atolladero. La neurosis es ya no la excepción, ¡sino la regla! Constituye el efecto patógeno de la relación inherentemente conflictiva, traumática del individuo con la cultura. “El ser humano se vuelve neurótico porque no puede soportar la medida de frustración que la sociedad le impone en aras de sus ideales culturales.”

Más allá del principio del placer...

El síntoma neurótico viene a dar cuenta de este hecho: a cambio de la satisfacción normal que se les ha negado, las mociones pulsionales buscan vías alternativas para satisfacerse. En este sentido, constituye una formación sustitutiva que irrumpe en el sujeto amenazando su bienestar e incluso su conservación, no obstante lo cual éste –tal como ocurre con los sueños, los lapsus y otras “formaciones del inconsciente” - no puede dar cuenta racionalmente del hecho de que le es propio, como así tampoco detener su repetición.

Es así como, en su clínica con neuróticos, Freud se confronta con esta dimensión paradojal, descentrada del deseo de la que hablaba Nietzsche. En el discurso de sus pacientes tiene oportunidad de escuchar en el nivel de la singularidad las consecuencias de aquellos procesos que el filósofo había descripto en un nivel más general. En el síntoma que se mantiene, en las reacciones terapéuticas negativas, en los análisis que se vuelven interminables, Freud discierne que el sujeto no siempre quiere su bien –o bien, que lo quiere y al mismo tiempo no lo quiere, “su yo ha perdido su unidad, y por eso tampoco da paso a una voluntad unitaria” , hecho que abordará en términos de un más allá del principio del placer o pulsión de muerte.

10 Frases de Nietzsche ligadas al Psicoanálisis

“La humanidad no marcha por sí misma por el camino recto, no es gobernada en absoluto por un Dios. Antes bien: el instinto de negación, de la corrupción, el instinto de décadence ha sido el que ha reinado con su seducción, ocultándose precisamente bajo el manto de los más santos conceptos de valor de la humanidad”.

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“Siempre que los hombres de las primeras edades colocaban una palabra, creían haber realizado un descubrimiento, creían haber resuelto el problema; y lo que habían hecho era dificultar la solución. Ahora, para conseguir el conocimiento, hay que tropezar constantemente con palabras que se han hecho eternas y duras como la piedra, tanto que es más fácil romperse una pierna que romper una palabra”.

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“La conciencia no se ha desarrollado sino en relación con su utilidad para la comunidad y el rebaño, de modo que cada uno de nosotros, a pesar de su deseo de ‘conocerse a sí mismo’, no adquirirá nunca conciencia más que de lo que hay de no individual en él (…) No tenemos ningún órgano para el ‘conocimiento’, para la ‘verdad’. No ‘sabemos’ (o creemos, o nos imaginamos) nada más que lo que pueda ser útil en interés del rebaño humano, de la especie”.

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“¿Cuáles son, en último término, las verdades del hombre? Sus errores irrefutables”.

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Todas esas morales que se dirigen a la persona individual para procurarle su «felicidad»,  - qué otra cosa son que propuestas de comportamiento en relación con el grado de peligrosidad en que la persona individual vive a causa de sí misma; recetas contra sus pasiones, sus inclina­ciones buenas y malas, dado que éstas tienen voluntad de poder y quisieran desempeñar el papel de señor; ardides y artificios pequeños y grandes que desprenden el rancio olor propio de viejos remedios caseros y de una sabiduría de vie­jas; todas ellas barrocas e irracionales en la forma –porque se dirigen a «todos», porque generalizan donde no es lícito ge­neralizar-, todas ellas hablando en un tono incondicional, tomándose a sí mismas como algo incondicional...”

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“Por mucho que el hombre se extienda con su conocimiento, por muy objetivo que le parezca que es él mismo, al final, lo único que obtiene de ello es su propia biografía”.

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“Una mirada fría, un torcer el gesto de aquellos bajo los que y para los que uno ha sido educado, siguen siendo temidos aun por el más fuerte. ¿Qué es propiamente lo que ahí se teme? ¡Quedarse solo! ¡Un argumento, éste, que derriba incluso los mejores argumentos a favor de una persona o cosa! Así habla el instinto gregario por nuestra boca”.

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“Os apretáis contra vuestro prójimo y tenéis bellas palabras para expresar esta apretura. Huís de vosotros mismos hacia el prójimo, y pretendéis hacer de ello una virtud. No os soportáis a vosotros mismos y no os amáis lo suficiente: por eso queréis tentar al prójimo para que os ame y doraros con su error”.

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“Sufrimiento fue, e impotencia –lo que creó a todos los dioses y trasmundos; y aquel breve delirio de felicidad que sólo experimenta el que más sufre. Cansancio que quiere alcanzar el final con un solo salto, con un salto mortal; un cansancio pobre e ignorante que ya no quiere ni querer".

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“Cualquier aprendiz de moralista se atreve a decir: '­No! El hombre debería ser de otro modo...' Hasta sabe cómo debería ser el hombre, ese pobre diablo; se pinta a sí mismo en la pared y luego dice: ­¡Ecce homo! "

 

Guillermo Miatello. Psicoanalista. Director de Academia de Psicoanálisis.

Descargar Tesis de Maestría en Psicoanálisis UBA. Año 2015. El elemento irreductible de malestar en la base de la constitución de la sociedad. De F. Nietzsche a S. Freud.

 

 

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