El psicoanálisis y las adicciones

¿Qué tiene el psicoanálisis para decir respecto de las adicciones? ¿Cuál es su relación con el goce, con el fantasma, con las estructuras clínicas? ¿Cuál es nuestra posición ética frente a la toxicomanía y qué podemos aportar los psicoanalistas como límite a este flagelo social? ¡Lee este artículo!

El psicoanálisis y las adicciones
En este artículo encontrarás:

"Se atribuye tal carácter benéfico a la acción de los estupefacientes en la lucha por la felicidad y en la prevención de la miseria que, tanto los individuos como los pueblos les han reservado un lugar permanente en su economía libidinal. No sólo se les debe el placer inmediato, sino también una muy anhelada medida de independencia frente al mundo exterior. Los hombres saben que con ese “quitapenas” siempre podrán escapar al peso de la realidad, refugiándose en un mundo propio que ofrezca mejores condiciones para su sensibilidad". S. Freud. “El malestar en la cultura”.

Las adicciones desde la perspectiva psicoanalítica

La toxicomanía o adicción en psicoanálisis no es una estructura clínica. Ésta es tomada, más bien como un síntoma. Ahora bien, se trata de un síntoma muy particular, diferente a los demás. No se trata, como dice Laurent (1988) de un síntoma freudiano. El síntoma freudiano se caracteriza por ser una formación de compromiso, esto es: el resultado de un conflicto entre fuerzas represoras y fuerzas reprimidas que buscan la manera de salir a la conciencia. Lo que Laurent propone es denominar a la toxicomanía no como una formación de compromiso, sino como una formación de cultura. ¿A qué se refiere? Veamos.

La ruptura con el goce fálico

Dice Laurent que en su enseñanza, uno no puede decir que Lacan haya considerado que el psicoanálisis tenga mucho que decir sobre la droga, porque en el fondo, recorriéndolo de arriba a abajo, no hallamos más que algunas frases, pero nos da de todas maneras en los años `70, esta indicación mayor: “la única definición que hay de la droga, y éste es el motivo de su éxito, es que la droga es aquello que permite romper el matrimonio del cuerpo con el pequeño pipi"; decimos: con el goce fálico” (1988, párr. 5). Es una indicación preciosa, dice Laurent.

¿Qué es el goce para el psicoanálisis?

Aclaremos, entonces, primero, qué es el goce, y enseguida, qué es el goce fálico, para poder así comprender cómo piensa el psicoanálisis la toxicomanía. El término goce es un concepto específico de Jacques Lacan. En términos muy generales podemos indicar que el goce tiene que ver con las relaciones que establece un sujeto deseante con un objeto deseado, y el monto de satisfacción que él puede experimentar del usufructo de dicho objeto. El término goce conjuga, entonces, por un lado, a la satisfacción sexual cumplida, y por el otro, el goce de un bien, lo que se llama «usufructo» en términos jurídicos. El sujeto toxicómano es, en este sentido, un sujeto paradigmático de lo que es sacarle provecho a un objeto con el que se satisface sexualmente.

El goce también aparece ligado, aunque no se lo mencione explícitamente, a las actividades repetitivas de la pulsión sexual tal como sucede, por ejemplo, en el chupeteo del seno materno. Una vez que se ha satisfecho la necesidad orgánica de alimento, el niño goza de chupar, lo que marca su entrada en el autoerotismo. El sujeto toxicómano se asemeja bastante a esta imagen del chupeteo del seno por parte del niño; de hecho, es en la toxicomanía donde mejor se observa esa compulsión a la repetición de una experiencia que le brinda al sujeto una cierta satisfacción.

En resumen: el goce pone en juego algo que no es de orden natural; se trata, por el contrario, del punto en el que el ser vivo se enlaza con el Otro del lenguaje.

No hay relación sexual

Lacan distinguirá, en este sentido, entre el placer y el goce. El goce es lo que se ubica más allá del principio de placer. Es decir, se trata de algo que excede los límites del placer. Ir más allá del principio del placer es un movimiento ligado a la búsqueda del un goce perdido, lo cual será la causa del sufrimiento del sujeto, o de ese paradojal "placer en el displacer" que distingue la compulsión a la repetición.

Decir que «no hay relación sexual» significa que no hay complementariedad entre los goces masculino y femenino, que ambos goces son diferentes, que el goce fálico y el goce Otro de la mujer no están hechos el uno para el otro. Esto explica, en gran medida, el desencuentro permanente que hay entre los hombres y las mujeres. De cierta manera, el sujeto toxicómano es un sujeto que encarna y que no deja de hablar, aunque de manera sintomática, de dicho desencuentro entre los sexos.

Adicción y psicosis

En este punto retomamos entonces la tesis subrayada por Laurent (1988) de que el sujeto toxicómano rompe su matrimonio con el pequeño pipí, es decir, con el goce fálico. Aquí nos encontramos con otro problema, y es que a la expresión “ruptura con el goce fálico” Lacan la utiliza para pensar las psicosis.

En las psicosis no sólo hay ruptura con el goce fálico (por eso el goce del psicótico es, al igual que el de la mujer, un goce suplementario) sino que hay ruptura de la identificación paterna, como decía Freud, es decir, en términos de Lacan: hay forclusión del Nombre-del-Padre.

El Nombre-del-Padre es el significante que se inscribe en el inconsciente del sujeto, que signa la entrada a la cultura mediante la Ley de prohibición del incesto y la castración simbólica. En la psicosis, esta inscripción falta, es decir, se encuentra forcluída.

Lacan se pregunta, en este sentido, respecto de si la ruptura con el goce fálico implica la forclusión del Nombre del Padre. “Seguramente la utilización de tóxicos lleva a pensar que puede haber producción de esta ruptura con el goce fálico, sin que haya por lo mismo forclusión del Nombre del Padre” (Laurent, 1988, párr. 8). Esto quiere decir que el toxicómano que es psicótico es diferente del toxicómano que no lo es, y que la función que cumple la droga en estos dos tipos de sujetos es diferente.

La función de la droga en ciertas estructuras clínicas

En la psicosis, la droga puede cumplir una función de suplencia y esto significa que la droga le sirve al sujeto psicótico para estabilizarse, para no desencadenar la psicosis como tal (síntoma-grapa que no debe liberarse prematuramente).

Este punto es bien problemático. De allí la importancia del diagnóstico diferencial, y es que si se le retira la droga a un psicótico, droga que en él cumple una función de suplencia, a éste se le puede desencadenar una psicosis esquizo-paranoica, con todo lo problemático que esto supone. Según señala Laurent, el goce de la sustancia puede ser el retorno de ese goce extraído del Nombre del Padre.

Entonces, psicoanalíticamente, interrogamos el "furor curandis" que nos dirige de manera automática a simplemente separar al toxicómano de la droga; interrumpiendo el consumo a como dé lugar. Hemos de tener presente que algunos sujetos necesitan de la droga para mantener un equilibrio psíquico y si se les quita bruscamente, se puede desencadenar una crisis grave.

Esto no es algo que se presente en todos los casos, ni debe ser un argumento que utilice el toxicómano para seguir con el consumo. Pero sí hemos de "abrir" lo que ese síntoma-adicción representa antes de obturarlo, y esto es algo que de cierta manera es contrario a los parámetros de la Salud Pública, la cual tiene el propósito de apartar a «todos» los toxicómanos de las drogas, sin pensar en la particularidad del caso.

Ser adicto

Algo que caracteriza a los toxicómanos psicóticos es que son sujetos que no se presentan bajo el modo “yo soy toxicómano” (Laurent, 1988). Ellos son diferentes a los sujetos neuróticos que sí se presentan así, identificados a su síntoma, lo cual le ayuda al drogadicto a hacerse a una «identidad» en la medida en que hay una «identificación» con el objeto-droga.

«Ser alcohólico» o «ser drogadicto» es tener ya asegurada una identidad, un lugar en el mundo, a la vez que recurrir a una sustancia psicoactiva le cierra al drogadicto el acceso a la cuestión de resolver su «identidad» como hombre o como mujer. De cierta manera, cuando la droga brinda una respuesta al nivel de la «identidad», el sujeto se aparta de la pregunta por su «identificación» sexual. Esta es otra manera de decir que el sujeto toxicómano rompe con el goce fálico.

La adicción en la psicosis

El psicótico que consume alguna sustancia, se puede decir de él que para nada es toxicómano. Su goce está, como dice Laurent (1988), perfectamente limitado; además, ellos escapan a las leyes del mercado, ya que ellos quieren algo específico. La mayoría de los toxicómanos no quieren algo preciso, sino que consumen lo que el mercado les ofrece, dependiendo de la mercancía que esté circulando o del lugar donde se encuentren; puede ser cocaína, cannabis, crack, opio, no importa.

Esto es algo que caracteriza al toxicómano: toma lo que haya en el mercado, toma lo que se presenta. Y es un drama, dice Laurent, “porque cuando la policía logra eliminar ciertos mercados abiertos, zonas de producción, otra se presenta inmediatamente, y en el fondo eso cambia. Ésta es la idea justamente, que la ruptura con el goce fálico suprime las particularidades” (Laurent, párr. 14).

Gozar sin el fantasma

Esta supresión de las particularidades en la toxicomanía tiene su importancia, sobre todo respecto de la estructura perversa. Se puede sostener con toda seguridad (Laurent, 1988) que el toxicómano no es un perverso, ya que la perversión supone el uso de las particularidades del fantasma.

El fantasma, en el psicoanálisis, es la manera singular que tiene un sujeto de gozar o hacer uso de un objeto que satisface la pulsión sexual, y cuando se habla de fantasma, hay que incluir en él a la castración.

La perversión supone el uso del fantasma, es la estructura donde mejor se puede ver esto. En cambio en la toxicomanía hay un uso del goce por fuera del fantasma. Es una especie de cortocircuito, dice Laurent, en el que la ruptura con el “pequeño pipí” tiene como consecuencia que se puede gozar sin fantasma.

Gozar sin el fantasma tiene otra consecuencia para el toxicómano, y es que para él lo legal o lo ilegal no le concierne. Lo ilegal no es una atracción para el toxicómano en tanto que tal. Seguramente para algunos drogadictos la ilegalidad es importante en el momento de elegir la droga que va a consumir, pero para el toxicómano lo ilegal o legal no le dice nada (Laurent, 1988). Ésta es otra de las consecuencias de esa ruptura con la castración, ya que la castración implica la ley, y la ley es la que hace al trasgresor. Sin ley no hay trasgresión.

Esto supone, a su vez, otra consecuencia con respecto a la legalización de la droga, tema en el cual se piensa ahora bastante, y es la siguiente: legalizar la droga, ¿Traería alguna consecuencia en el consumo? Habría, seguramente, cambios a nivel del mercado y las ganancias, pero la legalización no serviría como tratamiento para el consumo.

Adicción, autoerotismo y síntoma

En Freud, la relación del sujeto con la droga se presenta como una adicción secundaria y sustitutiva en tanto la adicción primordial sería la masturbación. Freud divide el acto masturbatorio en dos: el acto mecánico o “puro autoerotismo" y la fantasía, lo cual implica una soldadura o fusión de las partes. Esto muestra que el sujeto puede excitarse por la vía del representante, en el caso masculino éste mueve al cuerpo al lograr una erección.

Pero Freud se ve en la necesidad de ubicar un momento anterior, donde encontramos puro tocamiento sin connotación del representante o de la fantasía. La idea de Freud es que para que haya síntoma hay que dar un paso más y dejar la masturbación. Esto ubica estructuralmente en dos espacios diferentes a la masturbación y el síntoma.

Finalmente, si la adicción es un sustituto de un puro autoerotismo sin sentido alguno, se contrapone al síntoma freudiano en tanto es pasible de interpretación y ya implica una tramitación de la toxicidad propia del autoerotismo. Esto da una orientación en los tratamientos con este tipo de patologías, que conserva una relación directa con una satisfacción autoerótica.

El aporte de Jacques Lacan

Lacan va a poner el acento en el borramiento del saber del inconsciente, el borramiento del goce sexual, lo que supone separarse de la relación con el pene, definido como partenaire. (Aksenchuk, 2006). En ese sentido, el sujeto drogadicto es el paradigma del sujeto moderno en su relación con el objeto de consumo.

Se trata de un sujeto que depende esencialmente del modo de gozar actual, un goce que depende de la relación establecida por el capitalismo, y que permite la explotación del deseo humano cuando el mercado le promete al sujeto toda una serie de objetos que colmarían su deseo.

Con el mercado se desencadena un consumismo alocado que hace del sujeto drogadicto un sujeto pegado a su objeto de goce, aislándolo de todo lazo social y asegurándole su lugar como toxicómano. En este sentido, de acuerdo con Lacan, la droga permite romper el matrimonio del falo con el cuerpo, evitando la angustia y las operaciones simbólicas necesarias para instrumentalizar el falo.

Que se rompa el matrimonio implica por lo menos que ya ha habido una inscripción del falo y que se rompe con algo del orden simbólico, representado aquí por el matrimonio. Claro está que el “romper” mismo nos habla de algo que no pasa por lo simbólico, dado que ya hay carriles preestablecidos simbólicamente para hacer con los matrimonios cuando concluyen. Con esto hay primero una inscripción simbólica del falo y luego una ruptura, que no pasa por el orden simbólico pero que lo afecta.

Aportes de J-A. Miller

Es evidente que no todas las drogas y que no siempre la función que cumple la droga en la economía psíquica de un sujeto pasa por la ruptura. Sabemos de muchos que han utilizado la droga con finalidades de simple embriaguez o drogas que simplemente alteran la sensibilidad sin que la ruptura con el Otro se produzca.

Por ejemplo, es lo que sucede con la marihuana (aunque no siempre), siendo en muchas ocasiones utilizada para facilitar los lazos sociales. En algunas ocasiones el alcohol es utilizado con igual finalidad. Y necesariamente ese uso no se confunde con la toxicomanía o la manía por el tóxico.

Hace años, Miller hizo una interesante distinción entre drogas que promueven la alienación y drogas que promueven la separación, siendo la heroína la que más se acomoda a las drogas de separación.

Y es justamente una ilustración de esta distinción la que presenta William Burroughs en una entrevista que le realizan en 1974. El entrevistador, Victor Bockis , pregunta a Burroughs si la droga más vendible no sería aquella que mejorase las relaciones sexuales. Burroughs, quien ha sido consumidor de diversas drogas, responde negativamente. Señala que:

“la droga que siempre se vende más en cualquier mercado, y que acabará sustituyendo a cualquier droga que posibilite más la relación sexual, es la droga que hace innecesaria la relación sexual, es decir, la heroína”.

Entonces presenta a la heroína como una droga que permite romper con el cuerpo del Otro sexuado e, incluso, que hace innecesaria la relación sexual. Es decir que se deja de lado el problema sexual, de la castración y de la no existencia de la relación sexual: con el uso de la heroína un sujeto encontraría superflua la existencia del antagonismo entre los sexos.

Una huida de la pregunta por la diferencia

Jacques-Alain Miller (5) ya había señalado en 1989 que la toxicomanía es menos “una solución al problema sexual que la huida ante el hecho de plantearse ese problema”. De lo que se trata en la toxicomanía es, entonces, de una evasión al problema de la castración y de la no relación sexual.

Los drogadictos son expertos en tapar la abertura dejada por el incesto infantil. Son pacientes duales que velan las relaciones incestuosas, reales o fantaseadas, de la infancia, última causa de la toxicomanía para algunos psicoanalistas, pues en la base del onanismo (Freud decía que todas las adicciones provienen de la primordial, la masturbación compulsiva) hay fantasías incestuosas en el fondo.

Algunas consideraciones finales

Enumeramos algunos aspectos a tener en cuenta en el momento de pensar los fenómenos relacionados con el consumo de drogas desde una perspectiva psicoanalítica:

  1. Los hombres, en todos los momentos de su historia y en todas las culturas, se han entregado al consumo de sustancias psicoactivas, solo que ahora es un problema de enormes dimensiones y de carácter global. El acto de drogarse, entre otros, distingue al ser humano de los animales; es como si el hombre fuese por «naturaleza» un ser predispuesto a la drogadicción. Si las drogas son tan populares entre los seres humanos, parece deberse a que ellas tienen la paradójica función de darle solución a algo muy molesto que es constitutivo del ser humano, y por esta razón resulta terapéutica. La droga tiene un efecto terapéutico en tanto que alivia de la angustia que hace parte de la vida de los seres humanos, la angustia de existir.
  2. En el caso de la toxicomanía, la ley del «no a la droga» se presenta bajo dos vertientes: bajo el lado del ideal de abstinencia promovido por la medicina y bajo el lado jurídico de la prohibición del consumo. Este doble aspecto de la prohibición tiene el efecto de crear una nueva clase de individuo social indeterminado en cuanto a su responsabilidad civil y a su estatuto de sujeto de derecho. Esto porque el toxicómano es considerado como un enfermo, como el que no está a la altura de cumplir un cierto ideal social, alguien que necesita de asistencia y que en consecuencia no es responsable de sus actos. Pero desde el punto de vista jurídico, el adicto es considerado un delincuente, es decir, un individuo responsable de sus actos, que por transgredir la ley debe ser castigado. El toxicómano se encuentra, pues, ante una paradoja: es considerado al mismo tiempo responsable e irresponsable de sus actos.
  3. Si se quisiera hacer una «nueva» clasificación de las drogas, se podrían colocar, de un lado, a las drogas que «separan», y del otro, a las que «vinculan» (Miller, 1999); hay entonces adicciones que apartan a los sujetos de la sociedad y otras que colaboran en la creación de lazos sociales. Si se piensa, por ejemplo, en la marihuana y la cocaína, no se puede decir de ellas que sirven para «separar» a su consumidor de las demás personas; es más, se puede incluso concebir que su empleo es compatible con lo social -aunque no siempre es así-. Ambas sustancias tienen, pues, la función de facilitar los lazos sociales -como lo es el alcohol en la mayoría de los casos-.
  4. La droga le ayuda al drogadicto a hacerse a una «identidad» en la medida en que hay una «identificación» con el objeto-droga. «Ser alcohólico» o «ser drogadicto» es tener ya asegurada una identidad, un lugar en el mundo. Decir «soy drogadicto» o «soy alcohólico» es una forma de presentarse ante la sociedad, y de hecho, así se presentan los sujetos que pasan por una comunidad terapéutica, llámese esta Alcohólicos Anónimos o Adictos Anónimos: «me llamo fulano de tal y soy alcohólico».
  5. La prohibición que recae sobre el consumo de sustancias psicoactivas ha sido ineficaz. La prohibición del consumo no ha engendrado su disminución. La prohibición no solo ha fracasado en cuanto al proyecto inicial de producir la eliminación o la disminución del consumo, y, por tanto, el sufrimiento ligado a él, sino que, por el contrario, ha contribuido a su aumento. El empeño de aplicar el imperativo del «no al consumo» que inició en los años 70 la guerra contra la droga, ha producido, sobre todo, lo que se puede llamar los «efectos perversos de la prohibición»: un aumento dramático de la producción, de la diversificación y del tráfico de estupefacientes, de la criminalidad, de la corrupción política y policial, de los gastos en salud pública, etc.
  6. Otro aspecto importante en el abordaje de este problema es determinar el origen de la toxicomanía en cada sujeto, el origen de la decisión de ser toxicómano. Esto significa que en algún momento de la vida el toxicómano ha decidido ser así. Y por ser una elección del sujeto, es también su responsabilidad. Esta tesis se puede ilustrar con un caso: un hombre de una treintena años recuerda una escena, a los nueve años, durante la Nochebuena. Su padre, que hasta entonces se había comportado como un buen padre, un padre amable, entra en su habitación y sale poco después enfurecido, rompe todos los regalos y pega brutalmente a la madre. El sujeto no entiende qué ha pasado; para él no hay ninguna explicación que venga a dar cuenta del porqué del comportamiento del padre. Esta escena la recordará durante toda su infancia. El sujeto refiere que en un momento de su vida -a los doce años-, se ve obligado a tomar una decisión fundamental con relación a esta situación de la madre pegada por el padre: «yo tenía dos posibilidades: matar a mi padre o ser toxicómano; elegí la toxicomanía». Mejor toxicómano que parricida: he aquí un ejemplo que ilustra la decisión particular de un sujeto en ser toxicómano para dar respuesta a algo que le resulta doloroso.
  7. Desde la perspectiva lacaniana, no necesariamente se entiende la relación con la droga como un síntoma de conflictos inconscientes o como sustituto de la relación con objetos sexuales anclados en alguna "fijación". Tampoco como producto de una estructura con características particulares. Puede ser más bien una respuesta de un orden distinto frente a la condición de sujeto del inconsciente. (Tarrab, 2000).
  8. La adicción es un fenómeno que es posible encontrar en las diferentes estructuras. El fantasma y el síntoma son soluciones a la falta de goce del sujeto; la droga se constituye en una tercera solución, la solución del soma (López). La solución del soma implica una huida frente al problema sexual, sin conflicto psíquico ni mecanismo inconsciente específico, que se manifestaría a través de la adicción. El recurso a las drogas deja de estar en el plano de la consecuencia y se traslada al plano de las respuestas del sujeto. Se pasa del plano de la formación de compromiso, del inconsciente, al de la formación de ruptura. Esto crea, entonces, enormes dificultades a la hora de pensar en el tratamiento de las adicciones en los sujetos, aún desde el propio psicoanálisis.

Reescribir la historia

Desde el psicoanálisis sabemos que muchas de las cuestiones que consideramos “elecciones” son en realidad el producto de una historia particular, el resultado de un camino que comienza a recorrerse muy temprano en la infancia. Pero el psiquismo no es solamente el determinismo al que nos condicionan las primeras experiencias, el vínculo con nuestros padres y el efecto de lo traumático.

Creemos que más allá de todo eso que se ha inscripto en nosotros y permanece en su mayor parte en el inconsciente, algo puede ser reescrito. Si nada pudiera hacerse no existiría el análisis ni nuestra profesión.

Ahora bien, aun teniendo en cuenta que algunos aspectos del psiquismo humano puedan ser reescritos y domeñados, en el interior del mismo encontramos fuerzas o pulsiones, que son parte de una realidad que se ubica entre la frontera de lo biológico y lo psicológico.

Sabemos que existe cierta predisposición en el sujeto hacia lo destructivo, ya sea dirigido hacia los otros o hacia él mismo. La “pulsión de muerte” de la que nos habla Freud está detrás de muchos de los procesos normales o patológicos que acontecen en el psiquismo. Entonces, más allá de todos los esfuerzos por minimizar sus efectos, por domesticarla, una parte de ella es esperable que persista.

Posibles caminos

Aún reconociendo el potencial destructivo de la droga, pensamos que penalizar el consumo no resuelve el problema. Por un lado, la penalización del consumo no ha bajado los niveles del mismo sino que, por el contrario, éste se ha incrementado con los años. La vía punitiva en materia de salud no parece la más apropiada.

Un Estado que se encuentre más ocupado en educación, en generar conciencia, implementar políticas públicas, en coordinar estrategias de intervención en salud comunitaria y que trabaje sobre la prevención y promoción de salud en todos los niveles que atraviesan a la sociedad, sin dudas contribuirá a ensanchar los estrechos márgenes de elección de los sujetos.

Para finalizar presentamos la opinión del psiquiatra y psicoanalista Otto Kernberg sobre la problemática de las drogas:

“Uno de los grandes problemas en los Estados Unidos y en países de la Améri­ca del Sur también por supuesto, es el problema de la droga y la criminalización de la droga que llega a la corrupción de gobiernos enteros tanto en Europa como en Latinoamérica. A mi juicio la solución ideal es la descriminalización de la dro­ga, una descriminalización radical de la droga acompañada de impuestos fuertes y del producto de estos impuestos transformados en medios de rehabilitación y tra­tamiento. Nuevamente, el principio es mantener la estructura social, no tolerar cri­minalidad bajo el efecto de droga al mismo tiempo que se respeta la libertad de los individuos de usarla, incluso la libertad de matarse si individuos rechazan el tratamiento y las posibilidades de educación.

El problema fundamental de la po­breza y la generación de violencia colectiva, por supuesto que exige medidas en el plano económico que trascienden lo que se pueda decir desde un punto de vista psicológico pero es importante, desde un punto de vista psicoanalítico, mantener en mente que la resolución democrática de graves conflictos de tipos económicos exige primero una política de distribución no provocativa y que, primero, enfren­ten el plano económico, la extrema desigualdad social; segundo, considero la di­ferencia entre pobreza crónica de grupos con desorganización familiar crónica que crea violencia no organizada inmediata en contraste con grupos que mantie­nen la estructura familiar y el peligro máximo, el empobrecimiento radical de grandes masas de la población, por ejemplo de la clase media, bajo condiciones de una crisis económica en la cual la pobreza nueva, impuesta, es mucho más traumática que una tradición dentro de una estructura familiar mantenida.

 

Bibliografía:

-Estructuras clínicas y drogadicciones de Hernando Alberto Bernal.

-Tres observaciones sobre la toxicomanía de Eric Laurent

-La Adicción a Sustancias Químicas: ¿Puede ser Efectivo un Abordaje Psicoanalítico? De Cristián López

-Artículo “Perspectivas psicoanalíticas sobre la violencia” de Otto Kernberg, del libro “Desafíos al psicoanálisis en el siglo XXI”.

Autor: Juan González Ballarín - Alumno de la Academia de Psicoanálisis

Compartir
Más articulos
Cerrar X