¿Qué es la inmadurez psicológica? Su significado y causas

¿Cómo canalizas tus emociones ante las adversidades? ¿Cómo reaccionas ante las pérdidas y duelos amorosos? La inmadurez psicológica tiene que ver con la actitud infantil que a veces adoptamos sin darnos cuenta ante los incesantes cambios de la vida. ¿Quieres saber más? ¡Haz clic aquí!

¿Qué es la inmadurez psicológica? Su significado y causas
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¿Qué significa ser una persona inmadura?

Una persona inmadura es alguien que tiene altas pero irreales expectativas frente a la vida, es decir, que por la mera existencia, la persona ya se cree correspondida de beneficios y lujos que son demandados caprichosamente, pero respecto a los cuales no está dispuesto a dar su esfuerzo para conseguir lo que aspira.

Por ende, una persona inmadura es ¡un adulto que vive bordeando al niño que fue! Y desde ese niño, el sujeto proyecta un mundo irreal para inflar su ego; cuya consecuencia es una constante queja e insatisfacción, precisamente porque sus expectativas no se ajustan a la realidad y ésta irrumpe sobre sus caprichos narcisistas.

Por consiguiente, significa ser alguien que se frustra con facilidad, y desiste a sus proyectos ante la menor de las tribulaciones cotidianas. Asimismo, significa ser un adulto con carentes aptitudes asertivas y con deficiencias para saber-hacer frente a la cotidianidad, demandando al semejante aquello que debería correr por su propia cuenta.

¿Cuáles son las características de una persona inmadura?

Existen un conjunto de comportamientos que caracterizan a una persona inmadura. Una de ellas se refiere a la dificultad para asumir las consecuencias de sus actos y asumir compromisos. Una persona inmadura es alguien que de niño le han dado un lugar muy especial: el de la sobreprotección. Podríamos resumir entre sus características, los siguientes aspectos:

  • Incapacidad para tolerar frustraciones.
  • Rabietas injustificadas.
  • Narcisismo patológico.
  • Tendencia posicionarse como víctima.
  • Proyectar sus faltas en los demás y, por ende, a buscar culpables.
  • Sentimientos de indefensión.
  • Ingratitud y quejas ante la vida.
  • Celos agudos y necesidad de control.
  • Incapacidad de tomar decisiones por sí mismo.
  • Apego dependiente.
  • Inestabilidad emocional.

Asimismo, es posible que una persona inmadura exprese sumisión hacia alguna figura que considere de importancia; y viendo el mundo a través de su fantasma singular, desea tener todo de una manera inmediata (siguiendo el principio de placer) por lo que recurrirá a la manipulación emocional para obtener lo que anhela.

¿Qué quiere decir crecer?

Es cierto que la inmadurez emocional puede constituir un punto ciego, lo cual haga difícil advertir realmente cuáles son tus mecanismos de resistencia que impiden acceder a un contenido reprimido, motor de la actitud infantil. En definitiva, a todos nos cuesta detenernos a indagar y preguntarnos respecto del modo en que estamos hechos.

Por ende, la mejor manera para dejar de ser una persona inmadura es dar un primer paso, advirtiendo esta dificultad como algo propio. Por lo que la entrada en análisis, te mostrará al enemigo en la batalla dinámica por los pliegues de tu alma.

De esta forma, te permitirás integrar los aspectos inconscientes, con el fin de conseguir las herramientas emocionales por las cuales se vencerán las resistencias de tu personalidad y podrás experimentar tu vida de una manera más asertiva, auténtica y decidida.

¿Qué es la inmadurez psicológica?

La inmadurez psicológica no tiene que ver con la edad cronológica; es una condición subjetiva de inadecuación a la realidad debido a una regresión a periodos del desarrollo infantil. En esta disposición un adulto puede tener una imagen de perfección narcisista dotada de un sentimiento de completud que aspira a un goce total.

Es común que en la inmadurez psicológica, las relaciones con los otros (en quienes se sitúa la libido) se construyan en virtud de una dependencia excesiva, la cual esconde un miedo y angustia ante la posibilidad de separación, promoviéndose “las tramas tóxicas” de amor-odio.

De esta forma, se activan mecanismos defensivos que permiten lidiar con la angustia generada, ya sea por la posibilidad fantaseada, o por el hecho en sí de perder al ser amado. Desde la perspectiva kleiniana hay 3 sentimientos fundamentales que permiten lidiar neuróticamente con la pérdida: Control, triunfo y desprecio.

En el control, la persona apunta a negar la autonomía sobre el otro ya que, al hacerlo, le da la seguridad ficcional de que aquel es dependiente del propio Yo. No es raro que esto se exprese en celos agudos o en una posesividad por la pareja, ¡porque cuanto más posesivo y controlador sea, más seguro me sentiré!

En el triunfo se recurre a negar el valor e importancia que ha tenido el objeto en el psiquismo a partir de un sentimiento de rivalidad; donde el Yo se posiciona como “superior” con el fin de mitigar la pérdida del objeto. Un ejemplo popular se expresa en la frase “un clavo saca otro clavo” para restar importancia a la realidad; aunque aquí, lo que ocurre con frecuencia es que se termina repitiendo el mismo guión con distintos personajes.

Y por último, en el desprecio el sujeto recurre a desvalorizar y disminuir el valor del otro y lo que representa, apelando también a culpabilizarlo. De esta manera, se reprocha, proyectan o justifican las propias faltas en el partenaire.

Para verlo más claramente te traemos una canción de Bad Bunny titulada “Soy Peor” que ilustra los 3 modos maniaco-defensivos ante la pérdida, siendo una forma inmadura de procesar la separación amorosa en la pretensión de negar un impulso tan fuerte como el amor.

¿Qué es la codependencia?

Es un estado psicológico distinguido por la fijación de la libido a objetos de satisfacción primitiva (generalmente el imago materno) bajo lo cual se promueven comportamientos infantiles y co-dependientes dirigidos a las relaciones interpersonales y al carente desenvolvimiento del sujeto en el mundo.

Por tal, la inmadurez afectiva se modula cuando de fondo el sujeto queda atrapado en el deseo materno, teniendo no sólo la dificultad de amar y sentirse amado, sino de ser alguien separado de la subjetividad de la madre.

En la inmadurez afectiva, el adulto desea inconscientemente ser tratado como un niño, mostrándose incapaz de establecer compromisos y tropezará en el recorrido de logar su propia autonomía, buscando constantemente ser protegido y reconocido por el semejante.

Esta condición psicológica se manifiesta también por la intolerancia a tener que valerse por sí mismo; por lo que ante las adversidades, la persona puede abrigar una ira tremenda dirigida a la vida; siendo alguien a quien se le dificulta vivir el sentimiento de gratitud.

Una persona inmadura también puede manifestarse como alguien con serias dificultades para encontrar pareja porque se posee una expectativa incestuosa que no encontrará en el mundo, ya que: ¡Nadie hay como mamá (o papá)!  o en su defecto, la relación de pareja estará articulada por un apego total a ciertas figuras idealizadas, con un resonante miedo al compromiso.

Un ejemplo donde se refleja muy bien la inmadurez afectiva, es en la relación codependiente de Homero y Marge Simpson, donde Homero no aparece inscripto en su función paterna, sino más bien como un “bebé grande” dentro de la familia, como puede advertirse en el siguiente fragmento:

¿Cuál es la diferencia entre una persona madura e inmadura?

Una persona inmadura es alguien a quien se le dificulta aceptar la separación y las pérdidas, y vive habitado por una actitud infantil. Por tal es una persona que presenta la incapacidad de hacerse cargo de sí mismo, e inconscientemente volverá a estadios anteriores para revivir satisfacciones infantiles, donde el mundo giraba alrededor suyo en la unión idílica con la madre, donde “se le daba todo”.

Mientras que las personas maduras, bien como decía Freud, son aquellas que pueden trabajar y amar asertivamente; precisamente porque se pueden hacer cargo de su vida al reconocer sus límites y sus fortalezas; son capaces de tomar decisiones y superar eventualidades traumáticas o dolorosas.

Es decir, las personas maduras se distinguen porque están más allá de la subjetividad materna, y logran acceder a un vínculo con el mundo social, a través de la operatoria de la función paterna, que le permite saberse en falta, y a partir de allí, construirse como un sujeto en la asunción y conformación de su deseo.

¿Cómo se trata la inmadurez emocional?

Desde el enfoque de Freud, las personas con inmadurez emocional se sienten inermes ante la vida por lo que su tratamiento en el dispositivo analítico no se cierra a la posibilidad de un influjo psicoeducativo, que permita desarrollar y robustecer la personalidad. No obstante ello, aún en los neuróticos más correctos y abnegados es posible instalar una pregunta propia que esté más allá (o más acá) del deseo del Otro. 

Algo que los corra de la obediencia, del sometimiento a la angustia de encontrarse con el propio vacío, para dar paso a la ocasión de una vida propia. Esto no será, por supuesto un recorrido sencillo. Implicará el pasaje de la queja, del reproche, de los berrinches, de las acusaciones, de las culpabilizaciones y las proyecciones en los que el sujeto explica y justifica su padecimiento...nada menos que a lo que llamamos responsabilidad subjetiva...a la propia pregunta: ¿qué quiero? ¿cómo quiero vivir mi vida? y lo más importante: ¿qué estoy dispuesto a hacer para ello?

Son éstas preguntas duras, pero necesarias, y constituyen la columna vertebral de un tratamiento psicoanalítico. Como nos dice Freud, en El porvenir de una ilusión: “El hombre no puede permanecer enteramente niño; a la postre tiene que lanzarse fuera, a la «vida hostil». Puede llamarse a esto «educación para la realidad»; ¿necesito revelarle, todavía, que el único propósito de mi escrito es llamar la atención sobre la necesidad de este progreso?”

Autor: Kevin Samir Parra Rueda, redactor en Academia de Psicoanálisis.

Fuentes:

  • Freud, S. (2005). Obras completas. Tomo III. CV. Los caminos de la terapia psicoanalítica. (1919). Buenos Aires, Argentina: El Ateneo.
  • Galimberti, U. (2002). Diccionario de psicología. México D.F: Siglo XXI editores.
  • Segal, H. (2003). Introducción a la obra de Melanie Klein. Buenos Aires, Argentina: Paidós.
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